Cuidado
con los trenes
Hacía
apenas tres días que Laurita se había mudado al campito del abuelo
para transcurrir sus vacaciones estivales; y, la verdad sea dicha, ya
se encontraba bastante aburrida. Pensar siquiera en las semanas que
le quedaban por delante para que regresara a su casa, sólo
acrecentaba su melancólico mal humor. ¿Por qué la habían
castigado de esa manera sus padres, yéndose de viaje a conocer la
Isla de Pascua en una segunda –y acaso vana- luna de miel, mientras
ella debía padecer aquel solitario tormento? Por más que le daba
vueltas y vueltas en su cabeza, a pesar de la notable inteligencia
que había desarrollado para sus escasos diez años de edad, le era
imposible darse una respuesta válida.Deambulaba
por los alrededores sin entusiasmarse demasiado con nada. El paisaje
la fastidiaba. Extrañaba ver televisión, jugar ocasionalmente con
la computadora de su hermano, encontrarse con sus amigas para
escuchar música, como haría cualquier chica de su edad; o
simplemente permanecer en su casa, escribiendo en su diario. Aquí,
en cambio, todo obtenía un carácter soporífero. Por más que le
fascinara la lectura, placer que heredara con orgullo de su padre,
por el que llevase consigo de vacaciones varios libros de cuentos, y
alguna que otra novela, no conseguía concentrarse para sentarse a
leer -como su papá Augusto le había prometido que disfrutaría, en
un último intento para convencerla de ir a pasar aquella temporada
con los abuelos- trepada en las ramas del coposo árbol de la
estancia, o sin concretar acrobacias, al menos entre sus mullidas
raíces, cubiertas de vegetación. No había caso: el campo la
deprimía.
El
abuelo había comprado aquel terreno cuando su papá era muy joven,
ni bien clausuraran el ramal ferroviario de trocha angosta que solía
atravesar aquellos campos. Por entonces, desbordantes vagones de
carga desfilaban delante de la otrora estación, edificio que
actualmente constituía parte de las edificaciones de la estancia
familiar. En ese sentido, su abuelo era un purista; había mantenido
intacto el carácter tradicional del inmueble, conservando ciertos
detalles propios como las campanas, las inscripciones en determinados
carteles, las ventanillas… ¡Con decir que la antigua boletería se
había transformado en su estudio particular, y la oficina del Jefe
de Estación en su propio dormitorio!
Aquellos
detalles resultaban por completo superfluos para Laurita. Ella era
curiosa por naturaleza, aunque su atención no pudiese mantenerse en
pie durante mucho tiempo. Se cansaba fácilmente de las cosas, por lo
que solía aburrirse bastante seguido. Y en el campo era peor. Por
eso, a los tres días de estar allí, ya había recorrido todo lo que
le resultara de interés. Tendría que hallar algo que la
sorprendiese de verdad, a fin de no llegar a pensar seriamente en
colarse en el primer vehículo a motor que apareciese por allí,
ocultarse debajo de alguna manta o cajón, y fugarse con enorme prisa
hacia Buenos Aires, a la casa de alguna amiguita o pariente que la
cobijara con excesiva discreción; ya vería dónde.
El
hecho sorprendente llegó de la mano de Teresa, la cocinera de la
estancia, mujer enorme tanto de cuerpo como de corazón. La mañana
del cuarto día, al comprobar el rostro compungido y de mirada triste
que Laurita presentaba por encima de la humeante taza del desayuno,
Teresa se acercó hasta ella por detrás y le susurró:
-Una
niña tan seria y bonita no podría andar por ahí con esa cara si
supiera el secreto que yo sé…
Laurita
la miró, apenas motivada frente al imaginable tedio que la aguardaba
durante el resto del día. Teresa continuó:
-Y
los secretos, al ser compartidos con ciertas personas especiales, se
vuelven mágicos…
Aquello
venció cualquier barrera de sospecha que la niña pudiese esgrimir
frente a las diversas motivaciones que la entrañable mujer pudiese
formularle. Y la hostigó a preguntas, sintiendo cómo se desperezaba
su inquieto sentido por la curiosidad.
Teresa finalmente, luego de
hacerse desear durante unos minutos, le narró la antigua historia
que circulaba por aquellos pagos desde hacía varias décadas.
A
escasos doscientos metros de la casa, donde las densas ramas de los
árboles crecieran formando una protector túnel vegetal, se
extendían en el pasado los rieles de la trocha angosta del antiguo
ferrocarril. Y allí mismo, un tiempo después de haberse cerrado
aquel ramal, comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Misteriosas
luces que se veían en las noches de luna llena, distantes silbatos
de tren, locomotoras que aceleraban en medio de la noche… La
peonada siempre se asustaba hasta los huesos cuando despertaba del
sueño a causa de semejante presencia, y todos afirmaban que un tren
fantasma surgía del olvido, negándose a detener su marcha, a pesar
de las decisiones humanas. Sólo algunos valientes podían acercarse
y jactarse de haberlo visto. Pero para ello, había que llegar hasta
el lugar de la mano de alguien que supiera las palabras mágicas para
convocar a los espectros…
-¿Y
cuáles son? -, exclamó Laurita, olvidada del desayuno, con la
mirada fascinada por completo al escuchar atentamente a Teresa.
-Hay
que pararse debajo de la Cruz de San Andrés y repetir las palabras
mágicas que rezan en ella, haciendo caso de cada una de sus
advertencias. Pero una niñita de ciudad como vos no tendría que ir
sola. Podría acompañarte yo, en una de estas noches. Claro que,
mientras esperamos el momento de ir, vos a cambio podrías ayudarme
con algunas cosas que tengo que hacer en la estancia. Juntar los
huevos en el corral, por ejemplo…
Con
ello, Teresa consideró que la mantendría ocupada durante unos días,
a fin de que fueran pasando las vacaciones, retrasando la fecha del
futuro encuentro espectral. A Laurita, en cambio, el arreglo no la
convenció para nada. Sin embargo, ya conocía el hecho fundamental:
el corazón del secreto, y la clave para acceder a él. Y había
diseñado su propio plan. Sólo hacía falta que se hiciese de noche,
y pudiera escabullirse sin ser vista.
La
emoción la carcomió durante toda esa tarde. Las horas se demoraban
pegajosas sobre la esfera de los relojes, y a diferencia de lo que
Teresa se esperase, la niña no volvió a abrir la boca respecto de
aquel tema. La mujer creyó al caer el sol que su estrategia de
entretenimiento no había dado resultado, y no volvió a mencionar el
tema.
Laurita,
en cambio, aguardó hasta que todos se hubieran acostado, y ni bien
dejó de escuchar los habituales ruidos que realizaban sus abuelos
por las noches, se escabulló fuera de la habitación en puntas de
pie, abrigándose con un saco abierto por encima de su camisón,
calzada con sus resistentes ojotas todo terreno, y salió de la casa
por la puerta de la cocina. Una vez que se hubo alejado unos metros
de la casa, encendió la pequeña linterna que se había traído de
Buenos Aires, y caminó sin prisa hacia la enramada, bajo la tenue
mirada de las estrellas.
Soplaba
una fresca brisa que agitaba levemente las ramas de los árboles.
Aquel rumor la inquietaba, aumentando la sensación de soledad que
experimentaba de golpe, aunque al mismo tiempo la impulsara hacia la
aventura; como si lo desconocido muy pronto le deparase una sorpresa
inimaginable. Avanzó entre los pajonales y los ruinosos restos de la
vía, carcomida por el óxido y casi sepultada por el polvo acumulado
por los años, hasta detenerse delante de la antigua señal, cuyo
poste –milagrosamente- aún se conservaba de pie.
Aquello
debía haber sido un paso a nivel, el cruce entre la vía férrea y
acaso algún camino municipal. Allí permanecía, incólume, la cruz
acostada, con sus letras aún legibles, inscriptas en cada uno de sus
brazos. Laurita respiró hondo, fascinada ante la perspectiva de lo
siniestro; señaló con firmeza el haz de la linterna sobre la señal,
confiando en realizar los pasos necesarios para convocar la presencia
de los espíritus viales, y recitó en voz alta:
-“Cuidado
con los trenes”……Claro que tengo cuidado, aunque ya no pasen
por acá… “Pare”, estoy parada, “mire”, miro para un lado y
para el otro, “y escuche”, a ver, qué se escucha……
La
brisa susurró entre los árboles nuevamente, quizá remedando alguna
misteriosa conversación, incomprensible para quien no supiera
entender el idioma; y por un instante, más allá de los quejidos de
algún cerdo trasnochado en los corrales, nada se escuchó. Laurita
sintió que comenzaba a hacer frío, y se estremeció. Entonces,
proveniente de territorios en extremo lejanos, creyó escuchar el
agudo silbato de un tren.
Contuvo
la respiración, temerosa de moverse, aunque un impulso la llevó a
mirar en ambas direcciones otra vez. Sólo al reparar varias veces
sobre uno de los extremos consiguió divisar, en los confines del
horizonte, la débil luz amarillenta de un faro de locomotora.
Se
le aceleró el corazón, y comenzó a reírse entre dientes, sin
motivo, víctima de su propia travesura. El faro se acercaba muy
velozmente, demasiado como para que aquella luz perteneciese a una
locomotora real… Y de pronto, la brisa se transformó en un
considerable ventarrón, que agitó las ramas con violencia,
asustándola aún más. El viento le golpeó en la cara,
despeinándola hacia atrás, obligándola a entrecerrar los ojos.
Entonces, una negra e imponente locomotora, con el número 0410
inscripto en enormes caracteres blancos debajo de la ventanilla de la
cabina, se le apareció delante suyo en todo su esplendor, con el
ardiente vaho de su motor diesel quemándole la cara.
Laurita
gritó, pero nada se oyó por encima del tronar del silbato y el
chirriar de los frenos sobre unos rieles misteriosamente relucientes,
extraídos de quién sabe qué otro ramal en servicio actual e
ininterrumpido. El motor regulaba constante mientras la formación
recorría los últimos metros hasta detenerse por completo. Y en ese
último tramo de recorrido, Laurita contempló azorada el interior de
los vagones.
Dentro,
hombres y bestias se debatían en caótico desenfreno. Una luz
espectral se derramaba sobre ellos, emergiendo sin piedad hacia
aquella virgen enramada pampeana. Los caballos coceaban los asientos
de madera que aún quedaban en pie, haciéndose lugar, girando sobre
sí mismos, mientras los hombres, semidesnudos, con los brazos
extendidos hacia delante y las caras aterradas, intentaban eludir
esos briosos cuerpos, queriendo escapar de un destino prefijado de
antemano. Relinchos y alaridos ensordecieron la noche, mientras una
voz, amplificada por ominosos parlantes, ordenaba:
“¿Quiénes
son tus compañeros, hijo de puta? ¡Hablá de una vez! ¿O querés
que te hagamos un poco más de `submarino seco´? ¡Hablá!”
Un
destello eléctrico. Olor a carne quemada. Y esos gritos…
La
cabeza de un caballo, con los ojos desorbitados y mostrando los
dientes, asomó por el hueco de la ventana faltante de la puerta más
cercana a Laurita, quien temblaba como una hoja, a punto de orinarse
encima, y sin dejar de iluminar con su linterna. El animal se debatía
furioso, sin conseguir escapar del vagón, empujado por detrás por
otro caballo, tan encabritado como él, y por algunos hombres,
pálidos y barbados, algunos “tabicados” con sucios trapos,
surgidos casi como de las imágenes en sepia de un sórdido campo de
concentración. Entonces, aún sin comprender la totalidad de lo que
ocurría delante de sus ojos, Laurita observó que el caballo se
retiraba, y que los bordes de aquel hueco del ventanal comenzaban a
derramar un líquido oscuro pero brillante: sangre.
Y
antes de que ella respirase lo suficiente como para lanzar el
alarido, la siguiente aparición la dejó sin aliento.
Forcejeaba
con uno de aquellos hombres, intentando que volviera a meterse dentro
del vagón. Pero su silueta era inconfundible. Y al reparar en su
presencia, luego de dominar al pobre infeliz, la miró de frente, con
expresión de reproche, y absoluta firmeza en la voz al
exclamarle:
-“¿Qué
estás haciendo acá vos???”
Y
Laurita, antes de huir aterrada hacia la casa, estremecida por la
inexplicable presencia de Augusto, su papá, a bordo de aquel funesto
tren fantasma, chilló…
Treinta
años después, un alarido similar brota de sus labios -dando
comienzo a un cíclico insomnio que se prolongará durante semanas-
al sentarse de golpe sobre su cama, respirando agitada, rodeada de
silencio y de penumbras, mientras los fantasmas que acudieron aquella
noche bajo la enramada, como mudos testigos de …¿un país que ya
no existe?…, aún desfilan erráticos delante de sus ojos,
inmensamente abiertos, aunque cargados de pesadilla…