Una
ausencia rodeada de escombros
Helado
era aquel amanecer de invierno, allá por el ‘77, cuando las
siluetas de los tanques aparecieron en el horizonte. Pocos fueron los
vecinos que ignoraron lo que ocurriría a partir de entonces. La
mayor parte del pueblo había aguardado aquel instante montando
guardia durante toda la noche, calentándose debajo de gruesas
frazadas y mateando hasta el hartazgo, iluminados los torvos
semblantes por el resplandor de los Primus, gauchitos por siempre,
compañeros en las casillas y en la vía.La
noticia había llegado hacía ya varios días, aunque el clima de
desasosiego se perfilaba desde hacía meses. El ramal ferroviario que
otrora pertenecía al Midland iba a dejar de cumplir su servicio
habitual. La ley de Martínez de Hoz decretaba que "los ramales
que presentaran baja densidad de tráfico ferroviario serán
levantados antes del fin de septiembre del año 1977". Aquellas
palabras habían resonado en los oídos de los habitantes de los
pueblos interconectados por el ramal como una filosa caída de
guillotina. Su principal fuente de comunicación y transporte
desaparecería para siempre. Y entonces, ¿qué sería de
ellos?
Coronel
Marcelino Freire era un típico pueblo de campo, constituido por los
Cornero, los Boeri y los Martello, entre otras familias. Todas ellas
oteaban el horizonte a través de las pequeñas ventanas de sus
cocinas aquella infausta mañana en que llegó el Ejército. Y todos,
a paso lento y amargado, resignados ante el peso implacable de la ley
dictada por las autoridades, salieron de a uno al frío de la mañana,
a ponerle el pecho al destino que los aguardaba, implacable, a pocas
horas de distancia.
La
amenazante silueta de los tanques ya rodaba a la entrada del pueblo
cuando sus habitantes pisaron las calles de ripio. Los motores
ronroneaban y tosían al acercarse, desplazando unas moles blindadas
que no daban señales alguna de vida aparente. Como si los emisarios
del corte del servicio no fuesen hombres sino máquinas, insensibles
engranajes de una cruel estructura de poder. Al frente de ellos, un
jeep con la cabina cerrada por una sucia lona verde lideraba la lenta
marcha.
Sólo
al detenerse la formación sobre la calle Ayacucho, cuando las
puertas se abrieron, los pobladores consiguieron identificar a las
fuerzas del orden. El oficial a cargo, con la gorra encasquetada en
la cabeza hasta las cejas y las solapas del abrigo levantadas, bajó
del jeep, hizo sonar un silbato que alertó a todos los presentes,
estremeciendo a las mujeres, y gritó hacia la improvisada
muchedumbre:
-¡Soy
el Mayor Oscar Tomeo, y busco al Señor Jefe de Estación! ¡¿Saben
Uds. dónde se encuentra?!
Hacía
ya varios días que por allí había circulado el último tren,
llevándose consigo las ilusiones de todos. Con él, transido por la
inapelable noticia de su despido, se había marchado Don Agustín
Camardón, histórico Jefe de Estación, munido por sus pocos
enseres, incapaz de hablar y despedirse, demolido por la angustia. Ya
nadie se haría cargo del funcionamiento de su otrora prestigioso
lugar de trabajo. Desde entonces, la estación quedaría en pie como
absurdo monumento a la ineficiencia política.
Aunque
la cadena de absurdos no hubiese hecho más que comenzar…
-Se
fue hace rato –respondió José Martello, dando un paso al frente,
un tanto atemorizado por el uniforme y los galones. –No hay
autoridad ferroviaria en Coronel Marcelino Freire. Parece que ya no
la necesitamos…
-¡Entonces
–continuó el Mayor Tomeo a los gritos –se retiran todos de las
inmediaciones de la estación! ¡En nombre del Gobierno de la
Provincia vamos a dar comienzo a las tareas de saneamiento y
demolición!
Demolición…
La sola idea estremeció a los presentes. Un débil sollozo femenino,
consciente de la imposibilidad de sostener una ilusión que negara
aquella equivocación, se dejó oír entre la variedad de apagados
murmullos. Alguien quiso protestar cuando el Mayor Tomeo se volvió
hacia los tanques, pero otro vecino lo llamó a silencio de un
empujón.
Las
puertas superiores de los blindados se fueron abriendo con chasquidos
metálicos. Varios cascos verdes se asomaron y contemplaron el perfil
del edificio que se elevaba hacia su izquierda. Amplios ventanales y
gruesos muros les devolvieron la mirada.
Con
espartana precisión pero sin apuro, los uniformados comenzaron a
desarrollar sus tareas, bajo la asustada mirada de los pobladores,
que a poco de permanecer allí, calados de frío hasta los huesos,
dedujeron que la aparente amenaza de la caballería blindada podía
llegar a resultar simplemente eso.
Los
soldados derribaron la puerta de la boletería, de la oficina
principal y de la sala de espera, además de abrir con varios
culatazos de máuser los pesados postigos de los ventanales. Luego,
ataron unos gruesos cables de acero a las estructuras metálicas de
sus tanques, mediante sólidos ganchos de amarre, y tendieron el otro
extremo hacia los mudos ventanales, perforando con taladros sobre las
paredes a fin de colocar las gubias donde amarrarían el cabo
restante de los cables. Una vez realizada la maniobra, avanzada la
mañana, entibiados rostros y manos por el tímido sol invernal,
volvieron a trepar a los tanques y encendieron los motores.
-¿Qué
van a hacer? –preguntó por lo bajo Raimundo Boeri, a medio camino
entre la resignación y la curiosidad, incapaz de comprender la
efectividad de la operación.
-Una
gran cagada –sentenció a su lado Eustaquio Cornero, deseoso de
unos mates, pero temeroso de perder algún detalle del espectáculo
que ya había congregado hasta al último de sus vecinos frente a la
tradicional estación, tumultuoso centro de reuniones a la hora en
que solían llegar los expresos de pasajeros, mucho tiempo
atrás.
-Mejor
así –masculló José Martello, atesorando una débil sonrisa de
esperanza. –Que les cueste derribar el esfuerzo de quienes vinieron
antes que nosotros a levantar nuestro humilde medio de vida.
Los
blindados giraron sobre sus orugas hasta ponerse de espaldas a la
estación. Una vez alineados, aguardaron la orden de salida. El Mayor
Tomeo, trepado al estribo de su jeep, supervisó la disposición de
las máquinas y pitó con su silbato. Los tanques aceleraron,
haciendo rodar en falso las orugas, tensando los cables hasta su
máxima expresión, levantando densas nubes de polvo y ripio.
Varias
respiraciones se contuvieron. Manos crispadas se taparon la boca,
evitando soltar un grito de angustia. Alguien sintió que se le
derrumbaba la presión…
Los
poderosos motores bufaban y chillaban, hasta que de pronto la mañana
se estremeció con el latigazo del primer cable cortado. Uno de los
tanques se precipitó a toda velocidad sobre la casa emplazada frente
a la estación, derribando la cerca de alambre y torciendo un
limonero contra la medianera, mientras se oían estridentes alaridos
de sorpresa. El segundo cable se cortó antes de que los vecinos se
repusieran de la anterior conmoción, originando estampidas y
chillidos. El segundo tanque, con menor fortuna que su predecesor,
colisionó contra la camioneta Ika de Raimundo Boeri, reduciéndola a
chatarra.
-¡Pero
qué hacen, manga de ignorantes! –chilló Boeri, agitando las manos
delante de su antiguo vehículo, aplastado bajo las orugas. -¡Voy a
demandar al Estado por lo que acaban de hacer! ¡Esta es su
responsabilidad! –increpó al Mayor Tomeo, apuntándolo con el
índice.
-¡Cállese
la boca, ciudadano! –exclamó el oficial a cargo, rojo de furia
ante la ineptitud de sus subordinados, quienes contemplaban azorados
el desastre ocurrido. -¡Sol-daaaaaaa-dos!!! ¡Repetir la
maniobra!
El
silbatazo los puso en movimiento otra vez, como si allí no hubiese
pasado nada. Los vecinos alzaban sus quejas por encima del sonido de
los tanques, protestando en vano ante la indiferencia uniformada. La
señora Irma Respinghi, dueña del limonero vencido bajo el peso de
la oruga, protestaba y lloraba al mismo tiempo. Eustaquio Cornero
parecía mantenerse ajeno a la conmoción general, observando la
escena a distancia, a la manera de un cronista periodístico,
registrando en detalle el segundo intento de la caballería por
apostar un nuevo juego de cables contra las paredes.
El
esfuerzo les demandó un tiempo mayor al empleado la vez anterior,
supervisando cada uno de los detalles. Finalmente, pasado el
mediodía, con los vecinos acalorados por el sol y la indignación
generalizada, los tanques volvieron a apostarse de espaldas a la
estación, listos para el silbato de largada.
El
Mayor Tomeo trepó nuevamente a su jeep y dio la orden. Los motores
aceleraron, la nube de ripio y polvo se elevó en el aire otra vez, y
los cables se tensaron, tal como ya lo habían hecho.
Y
la escena volvió a repetirse.
El
primer tanque casi arrolla a José Martello y Raimundo Boeri, quienes
se arrojaron hacia un costado, salvando sus vidas milagrosamente, ya
prestos a desempolvar sus escopetas de caza para echar a los tiros a
los militares incapaces. El segundo tanque volvió a arrollar la Ika
de Boeri, pero además torció el rumbo y derribó de una vez el
limonero de Doña Irma, quien se desvaneció ante la impotencia en
brazos de Eustaquio Cornero.
El
Mayor Tomeo, irascible, pitaba su silbato a diestra y
siniestra.
-¡Media
vuelta! –vociferaba, gesticulando como loco. -¡Arremetan contra
esa estación! ¡Que no quede una sola pared en pie!!!
Los
blindados giraron sobre sus orugas y embistieron las macizas paredes,
teniendo la precaución de calcular que el extremo de sus cañones
ingresara al edificio a través del hueco de los ventanales. Pero ni
aún así, a pesar del sacudón que sufrió la estructura, de las
tejas que cayeron o los baldosones que se partieron bajo el peso
blindado, consiguieron derribar un solo ladrillo.
-Ya
no se hacen estas paredes, Mayor –se animó a aclarar Eustaquio
Cornero. –Las construyó un Estado diferente al actual…
-¡Cállese
la boca!!! –lo increpó Tomeo a la distancia. -¡O lo hago arrestar
por obstrucción de tareas militares!
-¿Qué
tareas? –murmuró Martello, manteniéndose alejado.
Los
tanques arremetieron varias veces contra la estación, y el pueblo,
aunque ofuscado, iba y volvía de la escena, yéndose a almorzar o a
dormir una siesta. Lo que parecía irremediable, al final terminaba
aburriendo.
Atardecía
cuando se oyó por última vez el silbatazo del Mayor Tomeo,
indicando la retirada. No hubo discursos pertinentes, ni tampoco
nadie bajó de los vehículos a recoger los fragmentos de cable
seccionado. Los blindados se retiraron, cerrando la marcha el jeep,
insultado por los vecinos, quienes esgrimían sus puños en alto,
maldiciendo y festejando a la vez.
-¡Los
echamos, los echamos! –exclamaba José Martello, exultante.
-Yo
no estaría muy seguro –observó Eustaquio Cornero.
Y
no se equivocaba. Tres días más tarde, liderados por un parco
teniente llamado Funes, dos camiones del Ejército arribaron a la
estación con las primeras luces del día. Algunos vecinos se
agolparon suponiendo que habría una nueva escena de humillación
para las Fuerzas Armadas. Sin embargo, los soldados que bajaron de la
caja, con los máuseres cruzados contra el pecho, los retiraron hasta
media cuadra de distancia. Desde allí vieron cómo trabajaba un
reducido equipo de hombres, técnicos en apariencia, quienes no
dieron mayores precisiones al respecto, y se retiraron a resguardo
antes de llegar la media mañana.
La
implosión conmocionó al pueblo y sus alrededores. Los cartuchos de
dinamita colocados en los cimientos del edificio arrasaron con las
vigas y derribaron las paredes como si fuesen de arena seca, cayendo
hacia dentro y causando una enorme montaña de polvo que se expandió
rápidamente sobre las calles aledañas. El paisaje se desdibujó
durante unos instantes, y cuando el polvo en suspensión terminó de
caer, la realidad del pueblo había dejado de ser la que conocieran
durante tantos años.
Cornero,
Martello y Boeri, azorados, tosiendo y lagrimeando, a causa del polvo
y la emoción, por fin veían materializarse su mayor temor. El
monumento al trabajo de toda una vida se había transformado en una
ausencia rodeada de escombros. Y la oscura silueta de la tropa se
recortaba en el horizonte, mientras recogía sus últimas cosas,
antes de marcharse definitivamente de allí.
Doña
Irma Respinghi, cubriéndose la boca con una mano, volvió a
desvanecerse. Y los tres mosqueteros del riel, Cornero, Martello y
Boeri, sin ponerse previamente de acuerdo, llevaron su mano derecha
junto al corazón y comenzaron a entonar, entre la furia y la
congoja, nuestro Himno Nacional.