Oráculos
Sergio Borao Llop
Me
leyeron las líneas de la mano en La Plata. Los posos del café en
Villa Mercedes. Una mujer sumamente vieja y delgada, cuyos ojos
refulgían como diminutos diamantes de fuego, me echó las cartas en
un oscuro tugurio de Buenos Aires.
Todas
las predicciones auguraban lo mismo: Debía ir a ese lugar.
Tal coincidencia me alarmaba. Las razones nunca estaban claras. Unos
decían una cosa, otros, la contraria; los más, esgrimían la
consabida excusa de que la adivinación no es una ciencia exacta y de
ese modo eludían dar mayores explicaciones.
Les
cuento lo más curioso: yo nunca creí en esas patrañas. Fue una
amiga quien me persuadió. ¿Qué mal podía hacerme? -preguntó, con
esa convicción inocente de la que sólo ellas son capaces. Así pues,
lo hice únicamente por complacerla (y de paso, me dije, tal vez
ella, alguna de estas noches...)
Si
la primera adivina (su cuchitril era un arquetipo de consulta
esotérica engañabobos, con gigantescas cartas de tarot en las
paredes, a modo de cuadros, y una bola de cristal sobre un tapete de
terciopelo negro, colocado encima de la mesa hexagonal que ocupaba el
centro de la sala, sobre la cual había una lámpara de gran
potencia. El resto del cuarto estaba a media luz, para realzar el
misterio, supuse) no hubiese mencionado el nombre, la cosa
hubiese terminado ahí. Un juego inocuo, una frivolidad más entre
tantas otras. Pero lo hizo. Y luego me miró, leyendo en mis ojos una
intranquilidad que le animó a seguir por ese camino. Cuando salimos
(mi amiga me acompañaba), mis comentarios acerca de esos lugares
de adivinos y mi risa forzada provocaron su curiosidad. Algo
había sucedido allá adentro y ella era consciente. Le conté lo
ocurrido (realmente no todo, sólo lo necesario. Tampoco es cuestión
de airear chismes de otro tiempo) y dije que sólo se trataba de una
casualidad, pero no quedó convencida. Propuso visitar otro sitio.
Ella se ocuparía. Conocía gente. Yo aparentaba estar tranquilo,
pero algo había permanecido dando vueltas en mi interior. Así que,
entre risas, y sólo por contentarla, volví a aceptar.
La
segunda vez fue en Morón. A Rebeca (mi amiga) le hablaron de un
hombre anciano, recluido en una casa a las afueras y cuyo contacto
con el resto de los vecinos era muy escaso. Se dedicaba a algo
llamado libanomancia, un rito mediante el cual se puede
adivinar a través de la observación del humo. Jugar con fuego no me
atraía en absoluto, pero ya había dado mi consentimiento previo,
así que no fue posible echarse atrás. Fuimos hasta allí, vimos
cómo el viejo juntaba un montón de ramas secas y las encendía,
sentándose luego junto a la hoguera e invitándonos a imitarle.
Mientras aguardábamos, él contemplaba el humo, muy atento. Quizá
para hacernos más llevadera la espera, nos estuvo hablando de su
especialidad (también llamada capnomancia o ignispecia)
y de los múltiples éxitos cosechados en más de cuarenta años de
práctica. En un momento dado, enmudeció, me miró con una expresión
severa y nombró el sitio. Después nos rogó que nos
marchásemos. Dejé unos billetes sobre la mesa de la cocina y
salimos a la brisa del atardecer. Mi amiga callaba. Dos veces no
podía ser una mera coincidencia.
Pero
si por un momento pensé que la cosa iba a terminar ahí, no conocía
bien a Rebeca. Unos días más tarde se presentó en mi casa, me
obligó a vestirme con prisa, nos metimos en el auto y condujo hasta
Quilmes. Allí nos recibió Madame Cheirét (o Chouriet, o algo
similar). Su técnica era la fisiognomía. Esta especialidad
consiste, según me fue explicando Rebeca durante el viaje, en el
estudio de las cabezas y las caras. La mujer, ciertamente amable, me
ofreció asiento en una silla antigua. Después, se colocó frente a
mí, en un sillón situado sobre una especie de pequeña tarima, y se
puso a mirarme con insistencia y atención. De cuando en cuando, se
levantaba y pasaba sus manos por mi cabeza o mi rostro, como para
comprobar la veracidad del testimonio ocular. Me sentía
terriblemente incómodo, pero Rebeca estaba radiante. Aguanté casi
una hora entera. Después, escuché la palabra que no deseaba (pero
temía) oír, pagué, nos despedimos. Regresamos a la ciudad.
“En
Rosario hay un tipo que se dedica a la grafomancia”, dijo
Rebeca por teléfono dos días más tarde. “Mañana vamos”,
contesté. Mientras yo trataba de fijar una cita para esa misma tarde
(cine, cena y unas copas cómplices), ella me explicaba con detalle
la “ciencia” en cuestión: Se trataba, según entendí, del
estudio de la escritura. Tamaño, forma, inclinación, todo eso. No
hubo más discusión. No oyó (u simuló no haber oído) mis razones,
casi súplicas, para vernos esa misma noche.
Al
día siguiente viajamos hasta Rosario. En tren. No me apetecía
conducir tantas horas y, de paso, tenía la esperanza de quedarnos
allí a pasar la noche y, ¡quién sabe!
El
Doctor Morales –tal era el nombre del grafomante- vestía
una bata blanca cuando nos abrió la puerta de su estudio, un lugar
atiborrado de objetos de diversa índole, muchos de los cuales
desentonaban entre sí, dándole al lugar el aspecto de un trastero,
un almacén de antigüedades o la vivienda de un demente. De entrada,
me incliné por esta última posibilidad. El tipo nos condujo, a
través de aves disecadas, aparatos de radio estropeados y muebles
con irreparables desperfectos, hasta su despacho, no muy diferente,
en realidad, de lo que habíamos dejado atrás, salvo por la luz, más
nítida.
Me
sentó a una mesa –previo desalojo del montón de objetos
amontonados sin orden sobre ella- y me conminó a escribir.
“Cualquier cosa”, dijo. “Da lo mismo si es una idea, unos
versos de Dante o una colección de chistes sobre gallegos. Usted
escriba. Para ponérselo más fácil, esperaremos aquí al lado.
Cuatro o cinco folios bastarán. Lo dejo a su elección”. Después
de proveerme de unas cuantas hojas de papel en blanco, lapiceros y
una botella de agua, el doctor desapareció con Rebeca por una puerta
diferente a la utilizada para entrar. Sospeché que conducía a la
casa, a sus habitaciones. Sentí una cruel punzada de celos, cuyo
aguijonazo aplaqué escribiendo casi furiosamente.
No
me seducía la idea de dejar allí constancia de mis ideas, así que
recurrí a los clásicos. Recordaba pasajes del Decamerón, del
Quijote, de La Ilíada. También el cuento Ante la Ley, de Kafka. La
rememoración de esos textos, leídos tantas veces en la soledad de
mi cuarto, me sirvió para olvidar dónde estaba y qué estaba
haciendo –y, sobre todo, el temor infundado de que, en ese mismo
momento, el supuesto doctor y mi adorable Rebeca estuvieran demasiado
juntos-. En el cuarto folio redacté dos sonetos de Borges y el
quinto lo usé para reproducir El espejo que huye, relato de
Giovanni Papini. Sin omitir una coma. Lo conocía de memoria.
Tardaron
más de hora y media en regresar. Para entonces ya había usado otros
tres folios, dejando en ellos fragmentos dispersos de Lugones, Poe,
Chéjov y Pablo Neruda, el poeta con mayúsculas, como le llamaba
cariñosamente uno de mis alumnos. Morales tomó asiento frente a mí
y se abismó en la lectura de mis garabatos. Mi amiga se colocó
justo detrás de él, leyendo por encima de su hombro. Yo la miraba
con amargura y también un poco de ira, pero ella no me prestaba
atención, concentrada como estaba en la contemplación de los folios
escritos. Deseé estar lejos. Aunque fuera en ese lugar al que todas
las señales parecían ligar mi futuro. El “doctor” tomaba notas,
subrayaba algunas palabras, hacía círculos rojos alrededor de
párrafos enteros. Yo esperaba el veredicto sin interés. La voz de
Morales pronunció el nombre como una sentencia. Al oírlo, el
rostro de Rebeca resplandeció, o eso creí ver. Fue solo un
chispazo, pero esa sonrisa borró de un plumazo mi malhumor.
Caminamos charlando hasta un hotel. El conserje nos recibió con suma
amabilidad. Hubo suerte (sin duda apoyada por el billete que deslicé
con disimulo sobre el mostrador de recepción): Había, en efecto,
dos habitaciones contiguas con puerta de comunicación interior.
En
la cena me mostré encantador, conseguí que Rebeca tomase un par de
copas de champán tras el postre, le prometí un nuevo viaje para la
semana próxima: iríamos a ver al siguiente de su lista (a esa
altura ya había confeccionado una vasta nómina de “especialistas”
en asuntos esotéricos), pero la puerta de comunicación permaneció
cerrada toda la noche. No dormí bien. En la madrugada, creí oír un
ruido. Fui hasta la puerta con la esperanza de que ella, por fin…
Traté de girar el pomo con precaución, mas no se movió ni un
milímetro. Decepcionado y triste, volví a la cama y caí en un
sueño entrecortado, repleto de imágenes tenebrosas. En medio de dos
pesadillas, me juré terminar con todo aquello de inmediato.
En
el desayuno, Rebeca me anunció que debía permanecer en la ciudad un
par de días, trámites burocráticos para su madre, quien no andaba
bien de salud. El viaje de vuelta fue una tortura. Me encerré en
casa y juré no volver a salir en mi vida. Leí furiosamente, escuché
música a un volumen que mis vecinos seguramente juzgaron excesivo,
jugué al ajedrez contra un rival imaginario, ordené toda mi
colección de sellos antiguos. No habían pasado tres días cuando
Rebeca se presentó en mi puerta, se declaró asustada ante mi
aspecto, me obligó a tomar una ducha, afeitarme, vestirme
“decentemente” y acompañarla a un sitio. “Es una sorpresa”
dijo. Esa energía suya siempre me desarma, así que obedecí. Sin la
menor objeción.
Todos
padecemos adicciones. Sean graves o insignificantes, nos acompañan a
lo largo de nuestra vida y, a veces, ni las percibimos. Puede ser el
alcohol, las drogas, el sexo, el ego –la más común y menos
diagnosticada-, el chocolate o las bebidas dulces. En esa ocasión,
mientras íbamos hacia Trelew, para visitar a un experto en
ornitomancia (observación de las aves), descubrí que la
adicción de Rebeca eran los gabinetes esotéricos. Y me arrastraba
tras ella como a un perrito, con la excusa de hacerme un favor: era
yo quien necesitaba “consejo espiritual”. El asunto resultaba muy
extraño –no voy a negar lo evidente-, y mi curiosidad crecía con
cada nueva respuesta afirmativa. Pero ¿quién necesita conocer el
futuro? Bastante tenemos con soportar el peso del pasado y vivir lo
mejor posible el presente.
En
Corrientes fue la enomancia (lectura de símbolos en el vino).
En
Mendoza la numerología.
En
Luján, la sicomancia, que utiliza hojas.
Fueron
semanas de viajes, escenas sacadas de películas en blanco y negro,
habitaciones contiguas pero siempre separadas y esperanzas renovadas
por la mañana, que veía arder cada noche en el fuego glacial de la
soledad. La boca de Rebeca era una promesa eternamente pospuesta. Y
el dinero empezaba a menguar de forma alarmante.
En
Bahía Blanca, botanomancia (como se deduce del nombre, usa
las plantas).
Xilomancia
(madera) en Paraná.
Aluromancia
(adivinación practicada con harina) en Junín.
Se
ha dicho que la locura es hacer siempre lo mismo esperando un
resultado distinto. Nosotros hacíamos justo lo contrario: Probar
diferentes medios y obtener un mismo resultado. Llegó un momento en
que ya parecía imposible la existencia de otra respuesta. Si eso
hubiera sucedido, si se hubiese producido un cambio, tanto Rebeca
como yo nos hubiéramos quedado atónitos y, con seguridad,
hubiésemos pedido la repetición de la prueba.
Bibliomancia
en Córdoba (El libro utilizado fue La Eneida, de Virgilio. Así
solían hacerlo, se nos explicó, los romanos).
En
Catamarca, ceromancia (se usa la cera de una vela).
Si
al principio nos guiaba la búsqueda de una comprobación, ahora era
más bien la esperanza del error: que en una de esas gravosas
visitas, alguien pronunciase otro nombre, abriendo así una ventana a
otra realidad, un agujerito minúsculo por el cual escapar de esta
condena que se cernía, implacable, sobre mí.
Aeromancia
(observación de los fenómenos atmosféricos) en Salta.
Tarot
en Resistencia.
Al
borde de la extenuación y la ruina, Rebeca insinuó una última
posibilidad: En un lugar llamado La Serena, en Chile, existía un
viejo cuya habilidad consistía en interpretar los signos de la
arena. Tras dos horas caminando por la playa, agachándose de cuando
en cuando para observar algún dibujo más de cerca, el anciano meneó
la cabeza: Su dictamen fue implacable.
Era
el último viaje. O más bien el penúltimo. Faltaba uno,
naturalmente. Yo ya no tenía ni para gasolina. A la vuelta, vendí
el auto y fui a la estación. Saqué dos pasajes para Ingeniero
Williams y llamé a Rebeca, pero no obtuve respuesta. Dos días
estuve telefoneando sin resultado. Fui a su casa, pero la portera
solo me informó, secamente, de su ausencia y no condescendió a dar
más explicación. Me miraba con desconfianza. Pensé en contactar
con la policía y denunciar su desaparición, pero algo me urgía
más: Terminar con eso que me estaba calcinando por dentro. A la
mañana siguiente, tomé el tren hacia Ingeniero Williams.
Hice
la mayor parte del viaje dormido. O abstraído. Al llegar, bajé del
vagón con un sentimiento de derrota en mi ánimo. Como si los
fantasmas del pasado me hubiesen obligado a regresar. “¿Y ahora?”,
me pregunté. En la estación no parecía haber nadie más, lo cual
me contrarió, porque charlar dos minutos con el encargado o un
viajero cualquiera, me hubiera servido para serenarme. Para sentir el
suelo bajo mis pies.
Me
senté en un banco, al sol. Recordé, como había venido haciendo
durante esas últimas semanas, las escenas de veinte años atrás.
Quise razonar que tal vez este regreso era mi expiación. Sin duda,
no estaba preparado para lo que ocurrió a continuación.
De
un rincón en penumbra, a mi derecha, a unos diez u once metros,
surgió una voz que no pude dejar de reconocer.
-
Te estaba esperando.
Pensé
que se trataba de un espectro, pero el contorno del hombre de quien
provenía el sonido parecía muy sólido. No podía verle el rostro
(¿era realmente necesario?). Solo el gabán, el sombrero, los
zapatos. Las manos enguantadas.
-
Te creía muerto – respondí, con un aplomo que no hubiera
supuesto.
-
He esperado mucho tiempo –dijo, como si no me hubiera oído.
-
Veinte años – susurré.
-
Veinte años – repitió él, como un eco acusador.
Podría
excusarme alegando que lo ocurrido entonces fue accidental. Que yo no
pretendía su ruina ni seducir a su mujer. Y mucho menos hacerle daño
a él, a quien consideraba un buen amigo. Simplemente ocurrió así.
Sólo defendía mis intereses. Eran las reglas. Pero incluso a mí,
tras tanto tiempo, todo eso me sonaba a palabrería sin sentido.
Había llegado la hora de la venganza y yo estaba dispuesto a dejarme
matar sin una sola queja. Me parecía justo.
Fue
entonces cuando percibí el perfume. Miré hacia el rincón. Tras la
sombra del hombre, había otra, más pequeña, casi imposible de ver
desde la zona soleada donde yo me encontraba. Y lo comprendí todo.
Sin decir palabra, fijé la vista en el suelo, ante mí. Otro tren
acababa de llegar. Iba en dirección contraria. Nadie bajó. Oí
pasos a la derecha. Cuando miré, en el rincón no había nadie. Por
un instante, aún tuve la esperanza de haber sufrido una alucinación
provocada por el sol. Pero al volver la vista pude ver, como en un
destello, un abrigo de mujer desapareciendo en el interior del vagón.
La puerta se cerró y el tren echó a rodar sobre las vías. La
estación quedó desierta. Pronto, el sol se pondría y la noche
austral lo invadiría todo.