lunes, 30 de marzo de 2026

Reencuentro

 


Reencuentro


Eduardo Francisco Coiro 


Está arriba del tren pero sabe que no va a ninguna parte, vagamente trata de calmar la soledad con el método que utilizaba su tío después de enviudar a los 85 años. Los domingos, se iba hasta la estación de tren y viajaba hasta el final del recorrido. Bajaba, buscaba una parrilla, pedía un sanguche de bondiola, un vaso de tinto. Pasaba un rato en el andén de la estación apoyado en su bastón. Probaba su buena vista ayudada con lentes para ver pasar mujeres, decirles piropos y -después de lograr un "gracias" o una sonrisa bien dada- subirse al próximo tren para volver a su casa antes del anochecer. "contra la soledad del domingo no hay como el viaje en tren" -recuerda con la voz presente de su tío. 

Se levanta y se dirige al vagón comedor buscando una excusa para estirar las piernas, adelante va una mujer muy agraciada. Al entrar al vagón comedor casi se tropieza con un hombre que caminaba en sentido contrario sin verla.

El hombre observa que de las disculpas ellos pasan casi enseguida a un abrazo. "sos vos" se dicen, "pasaron 26 años".

Como único testigo lamenta no tener mejor oído ni leer los labios.

Los reencontrados buscan una mesa, se sientan. El hombre que viaja sin destino los sigue quizá por curiosidad, quizá por darle un acontecimiento rescatable a su vida en este domingo. Encuentra una mesa, puede verlos pero no escuchar. Debe seguir lo que ocurra desde sus gestos. 

Los bautiza para poder imaginarlos mejor: él se llama Esteban y ella tiene cara de Lucia. 

Esteban tiene entre 55 y 60 años. Vive solo o con padres ancianos.

Lucía aparenta una década menos que él. No esta sola de hombre aunque la soledad es la sombra de sus pasos. 

Se ríen mucho. De pronto Esteban ha recuperado la postura de un hombre joven.

Con su dedo índice recorre sus labios.

"Llevo tu beso perenne en mis labios" quisiera decirle.

Ella le toma delicadamente la mano, la acerca a su boca y le besa ese dedo que transporta un hechizo compartido hace muchos años.

No, no fueron amantes. Despliegan un cariño que solo puede dar una bella amistad.

Hace frío, aun en este comedor donde hay vapores de café y tibiezas de cocina. Esperan el pedido tomados de la mano.

Cuando la moza llega a la mesa desprenden sus manos con incomodidad. 

Después del café con leche aparecen ataduras y dolores en el relato de los rostros.

-26 años es mucho tiempo-. 

Lucia le recuerda que “El lenguaje es una piel”, saca un libro de su cartera. Le lee largo rato a Esteban. 

"La vida es un milagro" "Encontrarse vivos y mutuamente sensibles es aún más milagroso"

 Con los celulares se muestran fotos. Se brindan expresiones de ternura.

-Son las fotos de los hijos. Intuye el observador que va ganando confianza en su rol.

El tren va a detenerse en una estación. Lucia y Esteban se levantan. El hombre sabe que se van de ese tren.

Hermoso día para refundar el mundo con sus propios pasos -deberían decirse.

El hombre se asoma por la ventanilla. Los ve irse tomados de la mano. Llevan una promesa de futuro.

Seguramente no les interesa ni el nombre de la estación, pero en el cartel se lee "San Sebastián".

No hay comentarios:

Publicar un comentario