miércoles, 17 de diciembre de 2025

Estación Rancagua

Estación Rancagua


Diez de la mañana sobre la pampa húmeda. El primer sol primaveral reverdece en las copas de los árboles, el trino de los pájaros adormece la visión del caminante, y la llanura es cortada por la mitad por una tenue línea irregular. Son los restos del antiguo ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril General Manuel Belgrano, desmantelado desde hace décadas, descomponiéndose en medio del paisaje como el atroz cadáver de un pordiosero sin nombre.

De pronto, sobre la monotonía del horizonte comienza a distinguirse una silueta que se acerca, sin prisa pero sin pausa. Al comienzo se asemeja a una aparición espectral, difusa, intangible. Pero a poco de avanzar, se concretiza, sólida, oscura, con una vaga oscilación que recuerda al rítmico sube y baja de los pistones de un motor de combustión. Sobre aquel paisaje desolado se materializa una zorra ferroviaria manual, impulsada por un par de siluetas, esforzadas y persistentes.
Poco a poco van delineándose las figuras: son un par de hombres, vestidos con deslucidos mamelucos grises, moviéndose con una monotonía tan decidida como sudorosa. De espaldas a la vía, con la vista fija en el ayer, Eduardo Coiro –alias “Educoiro”- mueve la palanca arriba y abajo, con un brillo alucinado en la mirada y un peso inimaginable sobre ambos brazos, ya casi acalambrados. De cara al futuro, dejando atrás un pasado que ya no volverá, Alberto Di Matteo –alias “Aldima”- reproduce el movimiento alternado de su compañero, resoplando mientras hombros y espalda se le contracturan, y deja vagar la imaginación como una sutil manera de que el impulso cobre mayor fuerza.

-¡Vamos, Di Matteo, no me afloje! -, exclama Coiro. -¡Hay que volver a fundar estos ramales ferroviarios, olvidados por la desidia de los prostitutos de siempre!

-No sé cómo vamos a llegar hasta el final -, replica Di Matteo, con un quejoso murmullo y la vista fija en la palanca. -¿Quién más va a sumarse en esta patriada?

-¡Eso no importa, compañero! ¡Hay que trazar un camino, crear con sentimiento, desplegar el sueño y la fantasía sobre este bendito país!-. Y de pronto, suelta la mano derecha, eleva la vista al cielo, y apunta hacia arriba con el dedo índice, cual si pontificara sobre una tribuna política: -¡Hagamos el esfuerzo, carajo! ¡Claro que vale la pena! ¡Nos cansaremos de triunfar!

Di Matteo también suelta su mano derecha, pero para tomar un marcador que lleva sobre el bolsillo superior izquierdo, y con él comenzar a garabatear las inspiradas frases de su amigo sobre la manga izquierda de su mameluco, que luego transcribirá oportunamente, elaborando inspirados textos que los movilicen a soñar a ambos –y a sus lectores- con estar dando los primeros pasos para el lanzamiento de una revolución cultural que rescate aquellas antiguas glorias de un país que quizá ya no exista, pero que bien vale la pena homenajear. Resopla agotado, guarda el marcador en el bolsillo, y continúa impulsando la zorra hacia delante, inclinando la cabeza.

Sólo entonces descubre el singular detalle, incrédulo por no haber reparado en ello antes. Lo que se extiende a espaldas de Coiro, en esa porción de llanura que aún no han recorrido pero que se les avecina a gran velocidad, son las carcomidas ruinas de lo que otrora fuese una vía: fragmentos de rieles oxidados, tacos de durmientes comidos por las termitas, pajonales por doquier… ¿Cómo es posible que se lancen hacia semejante incertidumbre, sin sucumbir en el intento? Sin embargo, al hundir la cabeza entre los hombros y espiar a través de sus piernas flexionadas, advierte que debajo del paso de la zorra, por detrás del impulso que van desgranando sobre la pampa húmeda, los rieles brillan con una intensidad inusual, como si los hubiesen acabado de fijar al suelo, aunque relucientes por el uso continuo.

-¡Refundemos un proyecto ferroviario, aunque sólo sea en el plano de nuestros sueños, con la mágica potencia de la literatura!-, vocifera Coiro por delante suyo, a espaldas del mañana.

Entonces Di Matteo fija la mirada sobre la oscilante palanca y cree estar viendo algo muy distinto al acero habitual con el que ignotos ingenieros europeos han construido estos vehículos. La barra parece estar conformada por un material extraño, parecido a una red, un tejido, un entramado de elementos misteriosos. Presta mayor atención, entrecerrando los párpados que le arden a causa de las densas gotas de sudor, y sorpresivamente cae en la cuenta de su propio delirio: aquello no es una red de filamentos metálicos, ni siquiera la fragmentación atómica de los elementos, sino un macizo conglomerado de frases, letras y palabras, unidas entre sí…

Inmediatamente, ambos escuchan un estridente silbato, imposible de confundir, proveniente del lugar que acaban de abandonar.

-¡ES EL (Inven) TREN!-, aúlla Coiro, agotado pero inmensamente feliz, espiando hacia atrás por sobre el hombro de su compañero. -¡LO HEMOS CONSEGUIDO, DI MATTEO! ¡EL (Inven) TREN VUELVE A CORRER CON INDUDABLE DIGNIDAD SOBRE ESTAS VÍAS!

Di Matteo vuelve la cabeza y contempla en pleno día el nítido faro de una locomotora diesel a unos trescientos metros de distancia, que se acerca a una velocidad mucho más intensa que la que ellos desarrollan manualmente, sin intención alguna de detenerse al alcanzarlos, en una suerte de criollo remedo de la horrible criatura generada por el Profesor Víctor Frankenstein.

-¡Va a pasarnos por arriba!-, exclama, con un último aliento.

-¡Por eso mismo, Di Matteo: ponga huevo y siga adelante! ¡Hay que llegar a Rancagua antes de que nos aplaste! ¡El (Inven) tren se ha convertido en una fuerza imposible de parar!!! ¡Síííííííííííi!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

¿Quién me obligó a meter en este quilombo?”, piensa Di Matteo, bufando y sin dejar de agilizar esa barra manual que ya casi parece moverse sola, aunque todavía necesite del impulso humano para darle impulso.

Coiro comienza a reírse de felicidad, con genuina satisfacción. El cuerpo le estalla en una dolorosa contractura, el sudor se le adhiere sobre la piel, y el aire le quema los pulmones. Pero a pesar de todo, se siente tan contento como si volviese a tener siete u ocho años, y su padre le hubiese regalado un lujoso tren Lima, con decenas de vagones y tres modelos de locomotoras diferentes, acompañados por maquetas de estaciones y demás construcciones aledañas, todo ello dispuesto para establecer sobre una amplia mesa y dejarla allí, para jugar hasta muy tarde por las noches, o alegrar una borrascosa tarde de lluvia con el cautivante hechizo de un circuito ferroviario de juguete.

El sudor les chorrea a mares desde las frentes, descendiendo por los cuellos, creando enormes aureolas oscuras bajo las axilas, afincándose en las palmas, asidas con obstinada firmeza a la barra de la palanca, mientras la locomotora Werkspoor 4613 se les abalanza voraz, cada vez más cercana. Y aunque cada uno resopla por causas diferentes, aunque las motivaciones sean tan variadas para cada uno de los dos, algo los une en una misma empresa: el placer por inventar, por divertirse, por delirar juntos de manera creativa…

-¡No afloje, Di Matteo, no afloje!!!

-Sos un dictador, Coiro… Siempre decidís por tu cuenta…

Así es como la zorra parece adquirir una velocidad autónoma al impulso manual que ejercen sobre ella, aunque ello no impida que el parachoques a rayas rojas y blancas de la locomotora les dé un topetazo por detrás, sólo para impulsarlos unos metros más, hasta llegar a destino.

Irrumpen de manera tan vertiginosa en los terrenos aledaños a la Estación Rancagua, que hasta por un segundo les parece que allí no existía nada hasta ese preciso instante. La zorra se desmaterializa en forma inmediata, mientras ambos caen rodando sobre un andén muy pulcro, y a su alrededor se esparce una caótica lluvia de fragmentos de frases sin utilizar, ideas sin desarrollar y comentarios al margen. La locomotora a vapor ensordece el espacio con un silbido en extremo estridente, como el primer chillido emitido por un recién nacido, urgido de alimento, y avanza desbocada hacia el horizonte sobre unos rieles recién estrenados, dejando a su paso un ardiente halo de carbón quemado que les inunda la nariz.
Coiro incorpora a medias el tronco sobre el andén, mientras Di Matteo aún intenta recuperar el aliento del último impulso, con la mente agotada de tanto delinear frases dignas y coherentes, cuando contemplan azorados algo que jamás hubieran podido imaginar por cuenta propia.
Al otro extremo del andén ven surgir, como otra aparición fantasmal, la solitaria silueta de un ciclista, ataviado por colores absurdos y chillones, como es la costumbre, y un oblongo casco azul con antiparras, quien sin frenar siquiera al ingresar en la Estación, incorpora el torso, alza los brazos y mantiene el equilibrio en los últimos metros del recorrido, mientras exclama:

-¡Sí, señores!!! ¡Treinta y cuatro kilómetros después, he creado la Bicisenda Ferroviaria!!!

Se desliza a su lado como una díscola irrupción “sorianesca”, y desaparece en la primer curva, sin que ellos consigan llamarle la atención y preguntarle siquiera cuál es su nombre.
Ambos se ayudan mutuamente para incorporarse, sucios y maltrechos, y avanzan a los tropezones y en silencio, apoyados uno contra el otro, rodeándose los hombros en un fraternal abrazo, resoplando agitados, hasta salir de la Estación, como un par de ignorados espectros, sin cruzarse con nadie. Al llegar a la calle de tierra, divisan en la vereda de enfrente un boliche de campo. Y hacia allí van, aún con ciertas frases colgándoles del overol, a la espera de tomar algo que los reconforte.

Acodados en la barra, por detrás de la reja que los separa del dependiente a la manera de una pulpería, ambos piden una ginebra “dalmasettiana”. Como el hombre no tiene idea de qué le están hablando, se conforman con un breve vaso de caña. Y una vez servidos, mientras recuperan el aliento y observan el paisaje que los rodea con ojos curiosos, dignos de lingüísticos exploradores, se miran el uno al otro, con un extraño brillo de complicidad, como si se adivinasen el pensamiento.

-Che -, alcanzan a decirse, al mismo tiempo-: ¿Y si proponemos un nuevo "Inventren"?


lunes, 15 de diciembre de 2025

Contra las estaciones perdidas


Contra las estaciones perdidas

Eduardo F. Coiro

"Mi escritorio se había transformado en un santuario, y mientras estuviese sentado allí, luchando por encontrar la próxima palabra, nada habría de tocarme...Por primera vez en todos los años en que había estado escribiendo, sentí como si estuviese en llamas. No podía decir si lo que escribía era bueno o malo, pero eso ya no parecía importante. Había dejado de cuestionarme. Estaba haciendo lo que tenía que hacer y lo hacía de la única manera en que me era posible. Todo lo demás se desprendía de ello. Me había vuelto intercambiable con mi trabajo, y ahora aceptaba ese trabajo en sus propios términos, comprendiendo que nada podía aliviarme del deseo de hacerlo. Este era el entendimiento más fundamental, la iluminación en la que la duda se disolvería lentamente. Aun si mi vida se hiciese pedazos, habría algo por lo que vivir."

Paul Auster


Durante varios días leí y releí estas palabras, fui y vine al espejo a ver reflejado mi rostro, a ver una vez más alguna expresión de profundo miedo a vivir, a tomar riesgos. Busque entonces, el coraje que necesito para escribir, para vencer el miedo a poner palabra tras palabra y esperar que me lean, tal vez aun más secretamente que me acepten o me quieran. Trate de reencontrar imágenes para estas sensaciones, y otra vez me encontré a mi padre:

La primera vez fue hace una semana, cuando el nogal que él planto hace muchos años, volvió a brotar de primavera, pensé ¡Qué obstinado en vivir!!! a pesar de las redes subterráneas que pasaron y le cercenaron casi todas sus raíces. Pero insiste en volver a dar esas mismas nueces que mi padre molía pequeñas para las tortas que hace mi madre en los cumpleaños. De las nueces vino otra una imagen fuerte, sobre mi padre bajo el nogal…

Ese día se sentía mal, no se si alguna malasangre le desato la alta presión arterial que lo acompañaba desde bastante tiempo atrás ( mientras pudo trato de rehuir a los médicos). Pero esa mañana, aun con mareos y el pánico de mi madre, fue abajo del nogal a picar cascotes, allí estaba cuando llego la ambulancia, con 24 de presión y cierta rigidez facial, pero picando cascotes debajo de su árbol. Les costo trabajo internarlo, pero lo hicieron, derechito a terapia intensiva.

Sin duda fue aquella una muestra de la obstinación que heredé por pelear la vida aun en desventaja.

Una segunda imagen surgió mientras caía en sueños, bajo el rítmico sonido a batería del andar parejito de estos trenes de larga distancia. Un sonido monótono, casi un símbolo protector que filtra los malos sueños como el catch dreamer de los indios navajos. Me veo acompañando a mi padre en sus caminatas de madrugada a la estación de trenes. Allá va el viejo con lluvia, frió o noche estrellada, a ganarse el mango en la fabrica, saliendo a las tres de la mañana. Son más de 20 cuadras a la estación y a esa hora no hay colectivos. Pensé una y otra vez en su soledad, quizá esto era algo más que pensar en un tipo laburador, quizá es verlo en su obstinación y también en su soledad. Sólo por la vida con sus recuerdos de pequeño pueblo, traducidos del italiano a medias, siempre mi dificultad para entenderlo, para representarme ese mundo donde él había dejado además de familia, más de la mitad de su alma.

Ahí va con su campera de cuero negra ajada y algo desteñida por el uso permanente, su bolsito también de cuero que parece portafolio de escolar, a tomarse el primer tren del nuevo día.

Trato de representarme una bella noche de primavera, y su andar por las calles, apenas cruzado de ladridos nocturnos. Los zorzales han comenzado su mágica convocatoria a la luz, su melodía circular, una calesita que gira esperando al sol.

Mira el cielo que se derrama en brillos y senderos de blanca vía Láctea, casi como el cielo de Montecassino, pero libre de cohetes y bombas que iluminaban la noche de una batalla que se prolonga en cada día de vida. Toda la historia de una vida empieza a desandarse en los viajes, cuando uno cree atravesar los muros irreversibles y sólidos del tiempo.

"caprichoso garibaldino, tru la laaaa...", lo oigo cantar mientras el espejo oscuro de la ventanilla deja ver una media luna justa sobre el cielo de la estación Tambo Nuevo, cerca de la usina Láctea que tenía La Armonía. Unos pasos fuertes han dejado huellas de sombra en la luz de la luna, se cierran mis ojos, me entrego al sueño, confió en el Guarda y su promesa de avisarme en la estación Arroyo Dulce. En mi necesidad de llegar para ver amanecer, y escribir con las primeras luces.

Faltan 36 kilómetros, el tren va lento sobre areneros y pastos que por momentos tapan los rieles, es un viaje solitario, como muchos otros que hago diariamente para ver y reconocer en el camino a otras soledades acompañadas. Siento un golpe en mi hombro, el hombre de gorra con visera y su uniforme color arena me avisa que es la próxima. desciendo en una neblina que deja malamente ver la estación, una joyita de la arquitectura ferroviaria francesa, desciendo como en el final de una película, y pienso en soledades, las de mi padre fuera de su mundo de montaña, la mía casi sin explicación, sin otras perdidas que las percibidas en cada silencio.

A lo lejos se ve otro tren en sentido contrario. él maquinista espera el bastón piloto entregado en mano por el conductor de la formación entrante para saber que tiene la vía única libre. En el anden de enfrente unos pocos pasajeros, obreros la mayoría, esperan. Luciérnagas de luz roja se desprenden de cada pitada, humo dentro de la neblina, solo siluetas de aire.

Pero, allí esta él, enseguida se llueven los ojos para ver más nítido, todavía no le han prohibido el cigarrillo, es un nacido en el año 23 y no cumplió cuarenta años, el cigarrillo le cuelga del labio en un costado de la boca, casi como el Humphrey Bogart de Casablanca. No se quien de los dos, o los dos, ha extraviado su destino en esta madrugada.

Lo saludo, me saluda sin saber quien soy, un hombre algo mas grande que él que lo saluda del otro lado de las vías, casi con un abismo de por medio, lo acompaño con la mirada hasta que llega su tren y se sienta mirando hacia el camino que le resta por hacer. Sigo caminando, se que ahora la vía esta libre, me han dejado el bastón piloto de mi propio destino. Él ya partió, aunque yo sienta que en esta madrugada adentro de una neblina similar al final de Casablanca. Lo siento caminar a mi lado, me dice con su mano derecha en mi hombro:

-Chico..., éste puede ser el comienzo de una gran amistad...