jueves, 8 de enero de 2026

Autores


Autores

Jorge Isaías

KAFKA

¿Qué es lo que nos produce incomodidad en los textos de Franz Kafka?
¿Su evidente angustia y desamparo, su desasosiego, la culpa?

Nuestra propia perplejidad pone esos textos de un hombre que buscó inútilmente
( un) su lugar en el Universo.

El mismo que se nos niega a nosotros.


CERVANTES

Cuando el avellanado hombre de "La Mancha" recuperó la razón, perdió todos sus sueños. Sin que le fuera posible escuchar las palabras de estímulo de su fiel escudero instándolo a la aventura (su escudero, es decir su creatura).

Si la razón y los sueños nunca van juntos, por qué insistimos -contra toda esperanza- en la imposibilidad de construir ese oxímoron.

SARMIENTO

Un hombre nacido con todos los inconvenientes de origen, sin futuro, un "hijo ilegítimo de la cultura" (Oliva dixit) se empeñó en soñar un país y ayudó con sus fuerzas de gigante, con el empuje de su cuerpo detrás de sus ideas.

Eligió el libro ( y los sinsabores en que son tejidos los libros) para apropiarse de la cultura que le era negada.

Se equivocó muchas veces.

¿Qué alucinación llevó a este hombre único a escribir sus libros con esa pulsión imparable como si fuera un arma contra sus enemigos hasta llegar a mentir para lograr su objetivo de destrucción.

Es -todavía- un desconocido para nosotros, a pesar de la ingenuidad de los educadores que eligen su imagen para las estatuas.

La obsesión que lo ganaba cuando escribía es algo digno de tener en cuenta: quiso poner en papel esa obcecación por "el progreso" que lo llevó a la alucinación y al vértigo.

De estos hombres ya no vienen a este país. Ignoro si vendrán en otros.

ONETTI

Con la desesperación de un poseso escribió todos sus libros. Con la obcecación de un terco negó que todas esas letras que le dictaba su insomnio pudiera servirle a alguien más que a él mismo.

Digamos que escribía porque no podía hacer otra cosa, como si la literatura tomara parte de una adicción como fueron en su vida el tabaco, el alcohol, las mujeres.

SAER

Nos enseñó la respiración de la llanura. Sus horizontes cambiantes con el olor y el miedo que traen las tormentas y la perplejidad ante esa inmensa masa de espacio vacío, de cielo abierto que no da abasto para caer sobre el campo.

Hemos aprendido también en las vidas de sus personajes que desde la ficción nos llaman para ser nuestros amigos.

Es mucho, casi desmedido, en un país donde los mediocres nos perpetran sus desplantes y sus inepcias y sus importantes fracasos como si fuéramos necios y debiéramos aplaudir esa obscenidad que ofrecen lastimosa e ingenuamente como un mérito.

PEDRONI

En sus pareados perfectos cabe todo el trigo de la pampa húmeda.

En su amor por el trabajo, todo el sudor de los campesinos que no tuvieron un solo día feliz.

En su optimismo inveterado siempre soñó un mundo que no fue.

Su canto al amor materno nos dejó una muestra de su fe en la Humanidad y hoy, como quiso, sus versos están en la memoria de aquellos que no saben que él los escribió.

martes, 6 de enero de 2026

El Sur (Dudignac)


El Sur (Dudignac)

Sergio Borao Llop

Podría abrir los ojos, encogerme de hombros, decir: “no sé qué estoy haciendo aquí”. Y sería verdad, al menos parcialmente. Toda verdad es incompleta, eso lo sabemos. Porque el conocimiento de nuestra propia realidad también es parcial. Verdad es que nunca antes había oído esa palabra, pero no es menos cierto que escucharla me trajo, de repente, imágenes de un tiempo ya pasado, de un lugar nunca visto, de una música extraña…

Creo que lo dijo Urbano Powell, una tarde imposible, mateando. Aunque ya no sé si es recuerdo o presunción. Evoco la palabra: “Dudignac”, una voz pronunciándola, el tenue escalofrío que mi cuerpo sintió… Otra voz, no la primera, apuntó: “eso está en Europa, en Francia, en el sur”, y la primera voz, tranquila, replicó, “no, ché, eso está aquí mismo, a poco más de 300 kilómetros de Buenos Aires, cerca de Nueve de Julio. Es un pueblito… y bueno, también es una estación abandonada…” un silencio expectante, un leve carraspeo “de aquellas del Midland, ya sabés”.

Y yo, que escuchaba en silencio, con el corazón encogido, no sabía, pero… supe.

Supe que tenía que ir a esa estación, y no, no me pregunten, porque aun hoy, aquí sentado, todavía no tengo una respuesta… No podría precisar tampoco los acontecimientos que siguieron. Todo fue un vértigo de acciones sumidas en la niebla. Sé que hablé con personas a quienes no conocía, que acumulé datos innecesarios, que hice preguntas cuya respuesta en realidad no me importaba, porque desde el primer momento, desde que aquella voz pronunció esa palabra, yo sabía que un día mis pies se posarían en la antigua estación abandonada, en esta en la que ahora me encuentro, viviendo en primera persona esta historia que ni siquiera yo comprendo…

El verde tiene muchos tonos, hay muchos verdes, pero el sur francés es otra cosa. No lo sé yo, yo nunca estuve allí, nunca salí de esta tierra que a veces me resulta inhóspita, pero a la que, sin saber muy bien el motivo, no puedo dejar de amar… Yo no lo sé, repito; pero lo sabe él: ese hombre que escribe, ese hombre que está escribiendo estas líneas, alguna vez estuvo allí, en ese sur plagado de colinas verdes y valles inmensos que su palabra inhábil no alcanza a describir de forma precisa…

Pero yo no lo sé, yo nunca estuve allí. Sin embargo, si cierro estos ojos, testigos de la infamia de más de medio siglo, que sin querer mirar lo han visto casi todo… Si aquí sentado cierro los ya cansados ojos y dejo que mi mente vague libre, puedo sentir el olor de esos viñedos que no son de estas tierras; puedo percibir, sin ver, esos árboles verdes, ese césped que es casi un resplandor a ras de suelo, los diminutos pueblos que adornan las laderas. Pero si abro los ojos, si cedo a la tentación de lo real (pero ¡qué sabemos en el fondo si es, en verdad, real!), vuelvo a estar aquí en Dudignac, una vieja estación abandonada por la que ya no pasa el tren; o tal vez sí: un tren fantasma que no conduce a ningún sitio, solo al recuerdo de otras gentes que están lejos de aquí, allende el mar y el tiempo, escribiendo palabras que yo no entendería.

Allí, en ese otro lado, en ese otro sur que nunca vi, la estación tiene vida. Hay viajeros que esperan, viajeros que conversan, viajeros solitarios que no saben muy bien cuál será su destino (si lo miramos bien ¿quién sabe, en realidad?). Hay funcionarios con sus uniformes un tanto gastados por el uso, hay maletas, cigarrillos, un viejo reloj, expectativas… Acaso alguna vez, ese hombre que escribe, estuvo en tal lugar, acaso él escuchó la música que ahora, sentado en este banco con los ojos cerrados, me parece evocar.

Con los ojos cerrados se siente un viento fresco, la caricia del sol en pleno rostro, ese sopor me lleva hacia lejanas fechas, me invaden los recuerdos de aquella primavera (¿qué primavera? pienso) Aquella primavera que es mi otoño, tal como siempre fue. Con los ojos cerrados casi puedo sentir el temblor de la tierra, el sonido lejano de un tren que va acercándose, las voces que resuenan alrededor de mí…

Y aunque sepa que por aquí no pasa el tren desde hace más de treinta años, es tan grato dejarse seducir por esa magia… Tal vez solo por eso, permanezco sentado en este banco, con los ojos cerrados, aguardando en secreto la llegada del tren, ese tren que es apenas una esperanza, la inverosímil fantasía de un alma que dormita.

Y entonces, él también, ese hombre que escribe, puede cerrar los ojos; allí parapetado tras su mesa, puede cerrar los ojos, recobrar ese olor casi olvidado, sentir la emanación de los viñedos, las voces, las campanas, y retornar al día en que llegaba el tren que no pudo tomar en su lejana Europa (ese tren que había de conducirle a su destino). Nada importará entonces si el nombre no es el mismo, si es apenas el eco de una voz junto al fuego, una simple palabra que se quedó prendida en el alféizar gris de esa ventana que algunos llaman alma. Tal vez así los dos: ese hombre que sueña (si es que es él, el que sueña), y este hombre que espera (si es que soy el soñado) podamos al final entremezclar nuestras ficciones: su Sur con este Sur, el mío con aquel que nunca he conocido.