miércoles, 15 de abril de 2026

KronoX


KronoX

Sergio Borao Llop

Las generaciones futuras no recordarán mi nombre (y en el fondo, quizá sea mejor así), pero yo inventé una máquina del tiempo (a esta altura, utilizar el artículo la sería –probablemente- inexacto. Y algo pedante por mi parte). Por otra parte, esta denominación –máquina del tiempo- quizá tampoco sea del todo correcta. El lector juzgará una vez conozca los hechos. Sin más preámbulos, procedo a relatar la historia.

Mi pretensión, en pocas palabras, era crear un nuevo software, capaz de recrear el pasado y actuar sobre él. Solo virtualmente, claro (o eso me decía a mí mismo, pero la esperanza, esa maldita…). Tardé años en definirlo, en atreverme a postular una ecuación irresoluble. En el transcurso de mis investigaciones hubo altibajos. Tan pronto creía haber hecho un descubrimiento asombroso, como me abandonaba a la desesperación por no sentirme preparado para llevar a cabo tan magna empresa. Una de esas veces, en medio de la fiebre nocturna, producto, sin duda, de una indigestión, soñé o imaginé que el viaje podría ser real y tener lugar en un único sentido –al pasado- y solo una vez. Es decir: sin regreso.

Al día siguiente, sin embargo, no me atreví a reírme de tal disparate. Algo había en mi planteamiento –algo que no era capaz de recordar y, no obstante, me corroía por dentro. Aun así, no quise pensar más en ello: Tener una única oportunidad me pareció estadísticamente arriesgado. Ese fue un inconveniente que no supe solventar en la vigilia. El desánimo de esas horas posteriores estuvo cerca de hacerme desistir. Luego, pensé que no tenía derecho a renunciar. Tal vez con base en mi proyecto, me dije, alguien conseguiría solucionar ese defecto formal. (Entonces era joven e irresponsable. Lo sé ahora. Solo descubrimos eso cuando ya es tarde. Un motivo más para implicarse en la invención de mi máquina).

Pero la amargura no desapareció. Durante unos meses, el vodka y los antidepresivos fueron mis más cercanos compañeros. Con ayuda de una mujer cuyo nombre y rostro (me avergüenza confesarlo) se mezclan en mi memoria con otros muchos nombres y rostros, de otras muchas mujeres, todas ellas memorables sin duda, conseguí salir de ese vil estado y retomar mi trabajo.

Comento ahora otro punto sobre el que medité mucho: El ser humano es capaz de darle un mal uso al mejor de los inventos, es sabido. La Historia lo atestigua sobradamente. ¿Debería eso detenerme? La respuesta lógica, racional (más aún si lo pienso ahora, cuando ya nada tiene remedio), hubiera sido: SÍ. Pero el deseo del inventor es impermeable a razones que le alejen de su objetivo. De nada sirve pensar en Hiroshima.

Así pues, emprendí la tarea. Fueron años de caos, esfuerzo, dedicación, fiebre, noches en vela, soledad (porque hube de alejarme de todo cuanto pudiese distraerme de mi meta), multitud de preguntas cuya respuesta sabía informulable, fracasos, depresión y cansancio. Pero lo logré.

Antes de continuar escribiendo este relato de los hechos –o cualquier otro, en cualquier otro lugar-, debería hablarles de la máquina, detallar su funcionamiento, explicar las fases de su construcción… Pero no lo haré. No sé si esta omisión es una especie de escudo ante mi mala conciencia, aunque de sobra sé –ahora- que nada me justifica. Esta narración solo es informativa. Ni espero ni deseo ser perdonado o comprendido. El perdón o incluso la tolerancia ante mis actos, lo confieso, me parecería injusta.

Voy pues, a los hechos: El día señalado llegó. El momento definitivo –eso creía yo en mi ingenuidad. Me coloqué el casco, programé una fecha y un lugar y presioné el botón Play.

Ese instante se eternizó. Cerré los ojos, asustado, esperanzado, ansioso. Muchas imágenes pasaron por mi cabeza. Muchas posibilidades entrecruzándose, como trenes en la estación de una metrópoli. Respiré hondo y abrí los ojos.

Había funcionado.

Estaba en el lugar y tiempo programados. Con precisión cronométrica. Para esta primera prueba, es obvio, había buscado una fecha lo más próxima posible y un lugar conocido: El día de ayer, en mi taller. En la pared oriental, el reloj marcaba la hora exacta que yo había previsto. Podía moverme, tocar los objetos (el tacto de la mesa me resultó extraño, como si en lugar de madera se tratase de plástico o algún material sintético), oír los sonidos provenientes de afuera. También sentía los diferentes olores. Sopesé tomar un trago de agua; la botella estaba ahí, sobre la nevera. Pero no me atreví. El deseo fue más débil que el miedo. No sabía qué podría ocurrir (Durante la ejecución del programa, uno no es consciente de estar viviendo una simulación. Esa agua, para mí, era real. Pensé que beber de ella podría acarrearme algún efecto secundario indeseado). Solo fue un acto instintivo, irracional. Seguí moviéndome por la sala. Reconociendo los objetos. Algunos de ellos estaban marcados (para comprobar si la simulación funcionaba, había señalado con tiza roja algunas cosas y luego las había cambiado de sitio) y ocupaban el lugar donde ayer mismo habían estado. Lo maravilloso era la sensación de realidad. Me asomé a la ventanita y pude contemplar el paisaje ya conocido, solo un poco ensombrecido por las nubes (ayer estuvo nublado todo el día, aunque no llovió), pero tan nítido como en cualquier otro momento. Después de un rato dando vueltas por toda la habitación, satisfecho y moderadamente feliz, decidí regresar (por así decirlo).

Me quité el casco, abrí los ojos. Fui a la nevera y descorché la botella de champán. Es triste beber solo, ya se dijo. Pero me sentía eufórico. A la embriaguez por el descubrimiento, se unió la otra, más concreta: la etílica. Terminé tirado en el sofá, en una posición ridícula e incómoda. En medio de la exaltación y las burbujas, yo tenía un algo removiéndose en mis entrañas y no sabía qué. Lo achaqué a la emoción del momento y me dormí, entreviendo con detalle una sala de variedades parisina que jamás había visitado.

Repetí el experimento varias veces, siempre satisfactoriamente. Al principio fueron “viajes” (los llamo así porque no se me ocurre otra manera mejor) cortos: Unos pocos días atrás, lugares cercanos. Como si esa prudencia fuese necesaria. Como temiendo perderme y previniendo ese azar mediante la proximidad geográfica y temporal. Poco a poco, previsiblemente, extendí el campo de mi experimento. Quise ir cada vez más lejos, tanto en el espacio como en el tiempo. Visité (¿de qué otro modo llamarlo?) Rosario a finales del siglo XX, cuando el Museo de Arte Contemporáneo todavía no estaba ahí. Cuanto más lejos iba, más extraña era la sensación que experimentaba dentro de esa realidad virtual. Cada una de estas recreaciones era como una victoria. ¿Una victoria sobre el tiempo? Creo que mi vanidad no era tanta. Más bien me sentía un jugador inmerso en una partida que no terminaba de comprender. Y ganaba siempre. Embriagado por el éxito, me planteé retos cada vez más difíciles. Fui a Mendoza meses antes de la construcción del Arco del Desaguadero. Y en efecto, no estaba. A Buenos Aires hacia finales del siglo XIX, cuando aún no existía la Avenida de Mayo.

Yo esperaba que al irme alejando en el tiempo, y teniendo en cuenta que los datos suministrados al programa eran, en muchos casos, fotos en sepia y documentos sacados de archivos municipales, no del todo bien administrados –es el caso decirlo-, los objetos, los lugares, irían perdiendo nitidez. Es decir: Se verían como en esas fotos y esas descripciones. Pero (esto debió alertarme) no era así en absoluto. Todo era como debió ser en realidad. Algunos edificios, algunas esculturas, hoy corroídos por la erosión implacable, se veían nuevos, radiantes, en la recreación. Mi juguete cada vez me emocionaba más.

Una tarde de 1876 me encontré paseando por Barcelona. La Sagrada Familia aún era un proyecto en la mente del gran Gaudí. También me aventuré en París, en New York, en Londres, siempre buscando fechas anteriores a la construcción de edificios o monumentos emblemáticos, solo por el placer de ver cómo fue aquello antes de ser como es ahora (si es que aún puedo pronunciar la palabra ahora sin cometer un terrible anacronismo). Mi ambición me llevó a Granada en el siglo XII, Pisa en el XI y hasta la China anterior a la Gran Muralla. Me sentí colmado. Salí del taller y me di cuenta de que llevaba allí encerrado más de un mes, comiendo mal y durmiendo peor. Pero era feliz.

Decidí dejar de lado mi pasatiempo, al menos durante unas semanas. Ver a unos pocos amigos, salir con una mujer, distraerme. Fue en vano: Dos días más tarde estaba de nuevo sentado en el sillón de terciopelo rojo, con el casco en mi cabeza y viviendo momentos de otro siglo y otro lugar. Me había vuelto un adicto.

Entonces recordé –cegado por la euforia, había llegado a perder de vista el objetivo principal- el motivo que me empujó a emprender este proyecto.

Los hechos capitales en la vida de todo ser humano son pocos. El descubrimiento del amor, la primera visión del mar, la pérdida de un ser querido, un éxito de tipo deportivo o social… En la mía, el hecho trascendental fue una despedida. Ocurrió en el año 1960, en la estación José Ramón Sojo, cerca de Saladillo, en la provincia de Buenos Aires. Era invierno o así lo he recordado siempre. Ahora ya no sé qué pensar. Ni sé si invierno y verano son conceptos diferentes. Ella (una mujer, sí; no podía ser de otro modo. Ya lo dijo Aristóteles) se llamaba Natalia y durante los cuatro años anteriores a ese momento crucial había ocupado cada minuto de mi vida y también de mis pensamientos. Por ello, su marcha me resultó inconcebible. Como un mal sueño del que muy pronto iba a despertar. Desde entonces habían transcurrido más de cuarenta años y la pesadilla continuaba.

Otro, tal vez, se hubiese abandonado a la locura. Yo, en cambio, diseñé una máquina para reparar ese instante del pasado. Si se mira bien, quizá ambas cosas vengan a ser equivalentes, después de todo. Ese fue, es preciso contarlo –por más que la vergüenza me oprima al confesarlo-, el único objetivo de mi invención.

Al pensar con espíritu crítico en ese olvido, no me fue difícil llegar a la conclusión obvia: No es que hubiese olvidado el porqué del experimento. Simplemente, había ido posponiendo el viaje importante. Por miedo, sin duda. Tememos enfrentarnos a nuestros más fervientes deseos, casi tanto como desafiar a nuestras fobias crónicas. Mientras visitaba otras ciudades y otras épocas remotas, mientras me maravillaba ante la visión de lugares que ningún otro ser humano vivo había podido contemplar, ese invierno de 1960 y esa estación casi jubilada (un año después –si la palabra año todavía significa algo para mí- dejó de utilizarse) estaban siempre ahí, esperándome. Como la musiquilla pertinaz que siempre retorna y nos acompaña, sin que acertemos a recordar dónde la oímos o a que hecho va asociada.

La partida de Natalia fue más dolorosa porque me quedó la sensación de haber podido hacer algo para evitarla. No pensé entonces (lo repito, era joven, era inexperto) que tal vez se fue solamente porque ya no encontraba ningún aliciente en nuestra relación. Más bien creí que todo fue culpa mía y, de haber actuado de otro modo, las cosas se hubieran arreglado y la tan amarga separación nunca hubiese tenido lugar. Por eso, debía volver. Para saber. Siempre queremos saber, encontrar una respuesta, aun cuando sepamos que esta no va a ser satisfactoria. Me obsesioné con esa idea en el pasado. Después no sé. Quizá simplemente actuaba por inercia. O por obstinación.

Había llegado, pues, el momento: Con ansiedad, con temor, introduje la fecha y las coordenadas de la estación. Pulsé el botón. Esperé. Abrí los ojos. Natalia estaba a pocos pasos, mirándome, como extrañada.

Sentí que estaba de nuevo allí. Reviviendo –en toda su magnitud- el momento atroz de la despedida. Me acerqué a ella, pronuncié algunas palabras –imposible recordar cuáles desde este presente borroso, si presente es la palabra, si recordar es el verbo-. Ella –igual que entonces- meneó la cabeza a izquierda y derecha un par de veces. En sus ojos se apreciaba el dolor producido por esa negativa inevitable. Regresé. Abatido, con el peso de los muchos años transcurridos oprimiendo mi corazón. Desolado. Bebí, dormí. Después amaneció y volví a intentarlo. El resultado fue idéntico. Aplaqué mi decepción con otros viajes, pero cada mañana volvía a ese invierno, a esa estación, a Natalia negando, al tren moviéndose, lento, sobre las vías, iniciando el viaje sin retorno.

El dolor por esa separación multiplicada no me dejó ver, al principio, otro detalle más atroz. En alguna parte había leído que todo acto conlleva consecuencias que ni alcanzamos a sospechar. Yo había actuado, sin saberlo, de forma imprudente. Pronto iba a darme cuenta.

El primer indicio me causó perplejidad. Fue en una cafetería, a media tarde. Estaba leyendo el periódico cuando mis ojos se posaron en una imagen: Era París y el lugar de la Torre Eiffel estaba ocupado por un edificio de ladrillo claro. Alrededor todo tenía unos colores mortecinos. Parpadeé un par de veces, incrédulo. Examiné la foto con atención. No había dudas: Ese era el sitio de la Torre y no estaba. Supuse que se trataba de una imagen trucada; ahora todo el mundo maneja programas de retoque fotográfico. Pero ¿en el diario? No me quedó otra que leer todo el artículo, para averiguar el motivo de esa usurpación. En vano. No había allí la menor explicación. Me encogí de hombros. Ni siquiera me dio por pensar que yo tuviese algo que ver con tal misterio.

Unos días más tarde, escuché una conversación en el metro. Eran dos hombres y hablaban en voz muy alta; era imposible sustraerse a sus palabras. Todo el vagón fue testigo de la discusión. Esta versaba sobre política y en ella se mencionaba el nombre de algunos dirigentes de países vecinos. No reconocí ni uno solo. Tampoco esto me pareció relevante, porque no suelo prestar mucha atención a las noticias relacionadas con asuntos políticos. No era extraña mi ignorancia acerca de tales nombres. Pero mentiría si afirmase que ese desconocimiento no me causó cierto desasosiego. Podría ser simple desidia, pero tal vez otra cosa. En mi estómago se cocía una verdad que no estaba dispuesto a admitir sin resistencia.

El hecho definitivo, el que me abocó a esta sinrazón que hoy es mi vida, fue algo en apariencia trivial: Marqué el número de mi amigo Celso, a quien llevaba tiempo sin ver, y una voz agria me respondió que no había allí nadie con ese nombre. Revisé mi agenda. Volví a marcar, uno a uno, los números allí anotados. Con sumo cuidado, para no equivocarme. La misma voz. Esta vez acompañó la negativa con un insulto. Desistí. Conjeturé un cambio de número, nada más lógico. Llamé a información telefónica y pregunté: Nadie así llamado tenía vinculado un número de teléfono en toda la ciudad, ni siquiera en la provincia. ¿Deseaba consultar la guía nacional?, me preguntaron. En otras circunstancias, me hubiese mostrado irónico y dudado de la eficiencia del operador que me suministró la información, tal vez hubiera insistido o vuelto a llamar, por ver si esta vez daba con un telefonista más eficaz. Pero de pronto, la verdad me explotó en pleno rostro: En mi ventana, el paisaje no era el de siempre. No supe precisar qué era, pero no hizo falta: Algo no era igual, algo había cambiado. Las imágenes, las palabras, se agolparon en mi cabeza. Esta realidad ¡cómo admitirlo! era otra.

Salí a la calle, poseído por la fiebre. A causa de mi despiste, no me había dado cuenta antes, pero era cierto. Nada estaba en su lugar. Me pregunté cómo, cuándo, qué… pero ni siquiera atinaba a formular las preguntas. Todo era demasiado inverosímil. Un tipo que no reconocí me dio un abrazo en la entrada a un pasaje que nunca había visto. En un cine daban Terciopelo azul, pero en los carteles el director no era David Lynch. Recorrí la ciudad hasta el cansancio. Quizá era solo eso lo que buscaba: Agotarme hasta caer rendido, evitando así el caos reinante en mi mente.

Caminé y bebí. Hice preguntas estúpidas, solo para comprobar que las respuestas no eran las ya conocidas por mí. En algún momento quise creer que todo era un complot de mis conciudadanos para volverme loco. Llegué a casa -¿De verdad podía aún llamar casa a algún lugar?- y me dejé caer en el sofá.

La frontera entre el mundo virtual y el llamado, tal vez erróneamente, real, es más fina de lo que jamás hubiésemos sospechado. Sabemos que son posibles múltiples mundos virtuales, por así llamarlos. Pero nunca imaginamos que pudiesen combinarse o invadir el mundo real. Yo ¡irresponsable! lo había hecho. Al despertar lo vi claro. Cada recreación erigía una nueva realidad -o una nueva ficción, ahora ambos términos vienen a ser sinónimos- y yo iba saltando de una a otra sin percibirlo. Me pregunté si en verdad estaba mirando el río desde mi ventana o permanecía sentado en el sillón, con el casco puesto y buscando una salida.

Desde entonces –y ahora la palabra entonces ha perdido su significado, lo mismo que la palabra ahora- vivo recreando esa escena ocurrida en la estación, sin impaciencia, porque la verdad desplegada ante mis ojos –la coexistencia de múltiples vidas (o reflejos)-, me dice que hay una esperanza. Y sueño con Natalia cambiando ese gesto de negación. Sueño su sonrisa y su mano aferrando la mía, sus palabras diciendo que todo es aún posible, sueño ese tren partiendo sin ella…

Solo una cosa me inquieta: Si eso llega a suceder, ¿Tendrá esa Natalia algo que ver con la original? ¿Será la misma de quien tanto tiempo estuve enamorado? Y yo mismo: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Soy acaso aquel que sufrió la decepción y el abandono? ¿El autor de estas líneas? ¿La misma persona que proyectó la máquina? ¿O solo el fantasma de alguien, vagando por dimensiones infinitas y haciéndose preguntas sin respuesta?

lunes, 13 de abril de 2026

El presente imperfecto

El presente imperfecto


Héctor Ángel Benedetti


Hacía mucho frío y todavía era de noche cuando llegó a la avenida Triunvirato, donde estaba la estación del Central Buenos Aires. Miró hacia el fondo de la otra calle: aunque cercana, la verja del cementerio solo se dejaba intuir por secciones, raramente iluminadas por los faroles de la vereda y los tachos encendidos de los primeros floristas que ya de madrugada trabajaban en sus ramos; del enorme pórtico griego tras las rejas se veía, o podía deducirse, su columnata. El ángel de la trompeta apenas era una mancha. Demasiado temprano para estar ahí (pensó). Desde la esquina, más allá del ferrocarril, la perspectiva se confundía pronto en la oscuridad a pesar de las débiles salpicaduras amarillas que significaban un tranvía o la vidriera de un café. Cruzó en dirección a la terminal. Caminó con pasos tranquilos, porque en realidad faltaba buen rato para abordar el tren que habría de ponerlo, horas más tarde, cien kilómetros más lejos.

Junto a la plataforma, el convoy estacionado parecía mayor de lo que en verdad era; sin embargo, de todas formas tenía su longitud: un mixto de cargas, encomiendas y pasajeros, encabezado por una locomotora de seis ejes, prendida y ansiosa por salir a echar vapor. La juzgó perfecta. No era una fascinación técnica, ¡qué sabía él de mecánica!; era más bien por aquel armónico esplendor de acero rodante, todo un arte de temple viril. Prefirió esperar arriba a que se hicieran las siete; buscó un asiento del medio. Lentamente su coche fue poblándose. No muchos viajeros, ninguno muy notable. Uno leía el diario con gesto de apatía; adelante, una señorita se concentraba en mirar por la ventanilla un punto fijo del andén. Llamó un poco la atención al subir una familia de caras ruborosas, con pinta provinciana, quizá de los campos de más allá del Pilar; marido y mujer de tanto en tanto hablaban en voz muy baja y con frases cortas. Los chicos se durmieron enseguida. Alguien de atrás tosió. Él leyó otra vez el boleto de cartón, que conocía de memoria; lo guardó en un bolsillo de su saco justo cuando sonó un silbato agudo y vino el sacudón de arranque. Afuera seguía sin amanecer.

Para las siete y media el tren ya había tomado la vía principal y comenzaba a despejarse cada vez más rápido del suburbio. Recién por Manzone asomó el sol; un sol invernal que los árboles obstruían, pero suficiente para mostrar el paisaje de las quintas, de unas calles de tierra que cortaban en diagonal, de un almacén, de una alcantarilla, de un caballo pastando, de otro ferrocarril que corría paralelo a pocas cuadras, de un ciclista solitario junto a la garita de un guardabarreras, de un palomar. Después de cruzar un puente de fierro (no reconoció el río: era el Luján), notó que el tren ingresaba a otro empalme y torcía un poco más hacia el norte, a la vez que el entorno se volvía definitivamente rural. Ahora, un caserón distante o un horno de ladrillos eran las novedades; lo habitual, el ganado y los molinos. La familia provinciana se bajó en Pavón. Doce kilómetros adelante vio la tapia trasera de otro camposanto, más antiguo que el de la Chacarita, donde subiera; era el cementerio de Capilla.

A las once menos cuarto el tren marchaba encajonado entre los pastizales de una trinchera: la entrada a la estación de Zárate. Aquí bajaron todos. El andén estaba varios metros abajo del nivel de calzada; la mañana, aunque muy luminosa, seguía siendo fría; en este lugar era, además, húmeda. Los pasajeros se repartieron por una escalera en herradura que ascendía hasta el edificio principal y pronto se dispersaron por la calle Mitre. Él no tenía tanto apuro. Ahí mismo compró un periódico, El Debate; y con ese andar tardo y desinteresado que fingen los forasteros cuando les sobra el tiempo en un pueblo que apenas conocen, se fue a leerlo a una confitería de la plaza, diez cuadras más allá.

Las noticias locales no le importaron, pero se fijó en el aviso de una pieza ofrecida en alquiler. También estudió la sección de empleos.

*   *   *

—¿Qué me pasó?

Casi no podía abrir los ojos, molesto por la claridad y el dolor de cabeza (sintió como si tuviera clavado un punzón en la frente). Intentó incorporarse de la cama, pero la enfermera lo reacomodó.

—Está usted bien, señor Ramírez.

—No me llamo Ramírez. ¿Dónde estoy?

—Tuvo un accidente y lo trajimos aquí; nada demasiado grave, pero perdió el conocimiento. No se asuste si por ahora no recuerda mucho. Su patrón se ocupó de todo, señor Ramírez.

—Ya le dije que no me llamo así. No sé de qué patrón me habla; por favor, dígame dónde estoy.

—En el hospital del Carmen, de Zárate.

—¿De Zárate? ¿Qué hago acá? Dios mío. Tenía que estar en Tribunales muy temprano. ¿Qué día es hoy?

—Quince.

La respuesta lo desconcertó.

—¿Acá el tiempo va para atrás? Salí de mi casa el dieciocho…

—¿El dieciocho de qué mes?

—El dieciocho de agosto.

—Estamos a quince de diciembre. ¡Ah, aquí viene el doctor!

*   *   *

Le prometieron la visita de un especialista. No soportó la dilación: al atardecer tomó su ropa  —la halló en una mesita junto a su cama— y se vistió con sigilo y rapidez. Se fue del hospital. En el saco descubrió unos pesos; a un viejo de la calle Pellegrini le compró el último ejemplar que le quedaba del diario El Eco tan solo para confirmar en qué día estaba y para tener la excusa de preguntar por la estación de trenes. El viejo le indicó que caminara hasta la avenida y doblase a la izquierda; iba a cruzar una vía, pero esa no le convenía para ir a Buenos Aires; según este hombre, era preferible seguir unas cuadras más por la misma avenida hasta la estación del Central Argentino, que ofrecía mejores horarios y un recorrido más corto (La vía que tenía que cruzar era la del Central Buenos Aires por la que él viniera, pero no la recordaba; la otra, la sugerida del Central Argentino, nada más le proporcionó que la borrosa imagen de una excursión de su niñez a la finca de unos tíos en San Pedro).

Con la cabeza aún latiendo y todos sus razonamientos aturdidos por las circunstancias, abandonó el diario en un cesto y se dirigió a la estación recomendada. Allí pidió un boleto. Sentado en el último coche, aguardó el toque de salida del servicio local a Villa Ballester de las ocho y cuarto, que luego combinaría con el eléctrico a Retiro. Miró su reloj. Miró por la ventanilla. La tarde había devenido en una noche magnífica.

El tren partió y al rato ya pasaba por un negro embarcadero de hacienda; después, por unos terrenos anegados que de a poco fueron erizándose en un pueblo grande y en una refinería tenebrosa; de allí salió a un malezal interminable bajo la luz lunar. Llegó a ver fugazmente unas cruces de palo y una pequeña ermita al costado del terraplén. Una pareja de chacareros se apeó en Otamendi. Sin saberlo cruzó de nuevo el río Luján. A medida que avanzaba, los campos se achicaron en granjas y se hicieron más frecuentes los pasos a nivel; en un punto ya todo fue ciudad. Se puso fría la noche.

Trasbordó y llegó en plena madrugada a destino, donde las cosas estaban como ayer.