El
esperador
Mónica Russomanno
La
habitación es pobre, por la ventana entra una luz tamizada por una
cortina con agujeros, que producen manchitas irregulares de sol sobre
el muro encalado. Una araña de patas largas y cuerpecito minúsculo
hace filigrana en el techo. Hay una cama, un escritorio sencillo de
madera, una lámpara con el pie curvo, despintada como todo, apagada
a pesar de que el sol allá afuera está bien alto pero adentro es
penumbra y tristeza.
Revistas
viejas apiladas, un ventilador de metal sobre una silla, un ropero al
que las puertas no le cierran del todo.
Adivinamos
un baño del otro lado de la pared por el goteo lento pero continuo.
Suponemos sin verlo que la tapa del botón falta, y para
realizar la descarga del inodoro habrá que tirar del fierrito dentro
del pozo rectangular abierto como una boca que ni llora ni ríe,
abierto el rectángulo como una boca asombrada, suspendida en un
grito o quizás inmóvil simplemente, esperando algún tipo de
reparación.
Un
hombre en camiseta sin mangas está acodado en la mesa de la habitación. No hay relojes allí, sólo las manchitas de luz que
imperceptiblemente recorren las paredes y hacen de reloj de sol
indicando que el mundo transcurre allá afuera. El sol se mueve, las
manchas pasean lerdas por la pieza como constelaciones nocturnas de
inmensidad y lejanía, aquí nunca es de día ni de noche, nos
decimos, no es un buen lugar para cultivar vida.
Canta
un pájaro, algún perro ha ladrado confusamente en algún lugar. Les
contestan. Otros pájaros se desgañitan en respuesta, otros perros
emiten sus voces destempladas comentando lo que dijo el congénere.
El
hombre no se ha movido. Vemos que hay una pavita abollada, un
calentador, un mate de madera recubierto en aluminio, una lata de
yerba ennegrecida. Otra lata suponemos que contiene galletas, pero no
la ha abierto.
El
hombre está encorvado, los brazos sobre la mesa y la cabeza con
pocos cabellos obstinadamente fijada hacia adelante. Le corre un gota
de sudor temblorosa desde la axila. Anacrónicamente, una
pantalla de ordenador le ilumina los ojos. Habríamos creído que un
lápiz de madera y una hoja rayada serían más convenientes, pero la
notebook delante de su rostro está tan deslucida como el resto de
las cosas, polvo entre las teclas, la pantalla sucia y en una esquina
del aparato una cinta aisladora remendando una quebradura.
Escribe
con dedos pálidos "resido en Baudrix", y en el ordenador
que desmaterializa el ser y lo transforma en unos cuantos caracteres
viajando por el globo, se transforma en una frase maravillosa, él se
transforma en un hombre misterioso y fascinante. Baudrix. Una mujer
se imagina un caballero hermoso y distinguido en una casa de tejas
negras en medio de un jardín con una fuente. Otra mujer se dice
"Baudrix" y aparece un muchacho lánguido de nariz recta
sentado en el pretil de un puente de piedra sombreado por altos
pinos. "Baudrix" se dice otra, y evoca prados verdes y
quizás robles, y quizás a lo lejos la aguja del campanario de una
capilla medieval.
"Baudrix"
ha dicho ella. Y sonríe, y piensa en el hombre en camiseta, en la
cama de hierro, en la uña del dedo gordo del pie derecho que le
rompe las zapatillas de lona. Piensa en los cabellos ralos, las
mejillas mal afeitadas. Recuerda la mujer la cortina con agujeritos,
el comedor con los muebles de la abuela, el patio de
baldosas desparejas.
"Escribe
él, aquí, en Baudrix", se dice la mujer. "Y está solo, y
espera" se dice. Espera aunque en la estación ya no arribarán
más trenes. Lanza sus botellas, él, y todavía. Espera. Se dice la
mujer.
El
timbre no funciona. Unos nudillos golpean la puerta.
El
hombre se pone una camisa de mangas cortas sobre la camiseta, se
calza las chinelas y gira el picaporte de su puerta.