La
vida te da sorpresas
“La
vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”, se
encontró canturreando Julián Ramírez, Jefe de Estación, mientras
contemplaba acercarse al tren local de las 5:15, el único que
circulaba durante las primeras horas de la mañana. Ignoraba por qué,
pero aquella rima se le había impuesto desde hacía varios días;
quizá, como cierta clase de perverso presentimiento.La
formación se detuvo con un chirrido mecánico y un resoplido, en esa
penumbra previa al amanecer que parece convocar a los espectros. El
maquinista lo saludó con un gesto de su mano derecha, sin apearse
del vehículo, regulando con la izquierda el ritmo del potente motor
diesel, mientras la única pasajera del carguero descendía del
furgón, enfundada en su clásico guardapolvo blanco debajo de la
campera de nylon matelasseada, transportando el saco del correo
colgado de un hombro. Don Julián se acercó a recibirla, apurándose
a quitarle el bulto de encima.
-Buen
día, señorita Adriana -, saludó. –Parece que le dieron trabajo
esta mañana…
-Buen
día, Don Julián. Sí, el empleado de correos de Carhue me pidió
que le entregara esto. Dijo que no podía venir con nosotros; se
sentía bastante afiebrado.
-Está
muy bien. Tarea cumplida, entonces. Y no se preocupe por Luis, ya se
va a poner mejor. Venga, vamos para la casa, que hoy hace mucho
frío.
La
maestra lo siguió, como cada mañana, hacia las habitaciones que el
Jefe ocupaba con su señora detrás del edificio de la Estación
propiamente dicho. Como cada mañana, Don Julián dejaría el saco
del correo en la oficina, para repartir los envíos hacia las 8:00.
Como cada mañana, ensillaría la yegua, a fin de recorrer el campito
que el Ferrocarril le había destinado, donde pastaban sus ocho
vacas, trayéndose a la lechera con su respectivo ternero. Y como
cada mañana, la señorita Adriana se metería en la cama junto con
Nélida, la mujer de Julián, compartiendo el calor de las cobijas
hasta que se hicieran las 7:25, hora en que volvería a salir para
dirigirse a la escuelita rural, distante unas quince cuadras de la Estación.
Nélida
ya la estaba esperando con unos mates. Hacía unos cuantos meses que
Adriana realizaba esta extraña costumbre a la que su profesión la
había llevado, por esas cosas de la vida. Aunque se sintiera
bastante descolocada en un principio, con el correr del tiempo le
había ido tomando la mano a semejante hábito. Y por sobre todo, se
había encariñado con este matrimonio tan agradable, que la recibía
todos los días como si fuese una Princesa proveniente de un exótico
país extranjero, en viaje diplomático.
El
silbato del tren se dejó oír como de costumbre, y el potente motor
diésel reguló hasta desplazar las numerosas toneladas de la
locomotora, arrastrando al resto del tren al ritmo del pistoneo de la
chimenea. El Jefe y la docente avanzaron veloces hacia la cocina,
cerrando muy bien al entrar para que no se escapase el calor.
Aquella
mañana, Nélida se encontraba distinta. Adriana pudo contemplarlo en
sus ojos, brillantes y profundos. Algo dentro suyo se estremeció,
percibiendo un clima muy particular dentro de aquella casa, aunque no
llegó a demostrar nada. Se sentó en el banquito, con las piernas
juntas y ambas manos sobre las rodillas. Don Julián terminó de
recoger sus cosas, saludó con la cabeza, muy sonriente, y se alejó,
sumergiéndose en el frío del amanecer. Nélida volvió a
contemplarla, mientras le extendía el mate en silencio. Adriana asió
la calabaza y comenzó a sorber de la bombilla, sin dejar de mirarla.
Nadie podía negar que a lo largo de aquellos meses, habían
aprendido a quererse mucho. Quizá, más de lo que pudiesen
admitir.
Don
Julián ensilló, montó en la yegua y taloneó los estribos,
avanzando al paso largo hacia el campito. Una delgada brisa le
cortaba la cara, pero al menos el sombrero le protegía las orejas,
algo que lo privaba de contraer sabañones. Primero decidió revisar
los alambrados; aparentaban estar bien, aunque aquellos alambres del
recodo parecían estar poco tensos. Cualquier arremetida de las vacas
contra él, y ya tendría un buen problema con sus superiores, al
tener que faenar el desprevenido ganado que aplastase la primera
formación que llegase hasta allí.
Dio
unas vueltas por el lugar, sin mucho entusiasmo, y ya estaba por
volverse cuando divisó una veloz silueta avanzando entre el pajonal,
paralelo a la vía, rumbo a la estación.
-¡Eeeh!
¿Quién va por ahí? -, gritó, parándose sobre los estribos.
La
figura se detuvo lentamente, y una extraña cabeza se movió en su
dirección, a la manera de un misterioso extraterrestre. Sólo cuando
la figura lo saludó con un brazo en alto, advirtió que aquello era
una cabeza humana, aunque ataviada por un extraño casco oblongo. Se
acercó hasta el alambrado, y se encontró con el recién llegado,
montado en una bicicleta.
-¿Qué
anda buscando? -, preguntó el Jefe, experimentando una extraña
perturbación; como si le hablase a un fantasma que no perteneciese a
su mismo espacio y tiempo. Alguien procedente de un pasado remoto, o
quizás de un futuro apocalípticamente cercano.
-¡Buen
día! Disculpe, buen hombre: quiero llegar hasta Saturno. ¿Podría
informarme cómo tengo que hacer?
-Siga
derecho por el costado de la vía. Cuando vea un cartel que diga "La
Criolla", va a andar cerca; es la fabrica que industrializa la
leche de los tambos que existen por esta zona. No se puede
perder.
-¡Muchas
gracias! -, saludó el ciclista, con la misma mano en alto, y se
perdió entre los pajonales.
A
medida que se alejaba, Don Julián dejó de experimentar ese
misterioso escalofrío que percibiera segundos antes. Aunque le
resultó inexplicable, la sensación lo inquietó durante días,
quizá por la manera en que la asoció con los eventos
posteriores...
La
lechera se dejó atrapar con mansedumbre, conocedora de su destino.
El ternero la siguió berreando, mientras Don Julián regresaba con
la correa del brocado de la vaca en la mano hacia el improvisado
establo de la casa, silbando bajito.
Al
acercarse, divisó las luces de la casa encendidas. “Se habrán
olvidado de apagarlas antes de acostarse”, supuso con certeza. Pero
decidió cumplir con su tarea antes de regresar junto a su cálida
cocina económica y el mate lavado que no tardaría en
ensillar.
Desmontó,
ató a la vaca contra el poste, y desensilló la yegua, mientras el
ternero se enfrascaba en chupar de la teta. Al rato, él lo apartó,
lo ató a un costado, y acercó el banquito con el balde, para
ponerse a succionar con los dedos esas frías y colmadas ubres, por
las que el ternero no cesaba de clamar. Una vez completado el ordeñe,
Don Julián se apartó, retiró el banquito, soltó al sediento
ternero -quien volvió a lanzarse en vano sobre la teta-, y regresó
a la casa.
Al
abrir la puerta, silencioso como era para no despertarlas, no
advirtió nada fuera de lugar, salvo las luces encendidas. Se encogió
de hombros al contemplar la lamparita y depositó el balde sobre la
mesada. Entonces oyó el primer gemido.
Volvió
la cabeza y observó la puerta de su habitación; cerrada, como cada
mañana.
“Hablará en sueños”, pensó. Tomó el cucharón,
retiró la nata de la superficie de la leche, y la volcó sobre el
tazón. El sonido de la nata cayendo se confundió con el murmullo
del segundo gemido.
“No
puede ser”, se preocupó él, como si volviese a encontrarse con
aquel espectro disfrazado de ciclista. Había algo que le disgustaba
en la escena, aunque no podía descifrar qué. Un escalofrío le
recorrió los muslos y los antebrazos, sin que pudiera
explicárselo.
El
tercer gemido llegó acompañado por una frase entrecortada:
-¡Ay,
sí……chita……mor! ¡Así, así!
“¿Nelly?”,
se alarmó. Aquellos no eran los murmullos proferidos por una persona
dormida, sino por una muy despierta……y excitada. Un feroz impulso
que nació en el mismo centro de sus tripas lo llevó a lanzarse
contra la puerta, sin desear creer que aquello estuviese ocurriendo
realmente. Herido de muerte en su propio orgullo ante lo que sus
propios temores fantaseaban.
Abrió
de golpe, sin preguntar. La realidad siempre es más aterradora que
cualquier fantasía. Y Don Julián lo experimentó en carne
viva.
Ambas
mujeres se hallaban desnudas, enredadas en las cobijas de su propia
cama, enlazadas en un curioso abrazo que depositaba la boca de una
sobre los labios vaginales de la otra, succionados mutua y
activamente hasta que él entrara por aquella puerta, interrumpiendo
el placer. Ambas cabezas lo contemplaron horrorizadas, Nelly con una
intensa expresión de culpabilidad y demorada insatisfacción
–soportado quizá durante años-, por entre el cabello
despeinado.
Y
a él, simultáneamente, lo asaltaron dos recuerdos. Uno fue aquella
rima caribeña que se le impusiera desde hacía varios días: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”. El otro
fue una frase escuchada de boca de Trapanni, el antiguo Jefe del
Ramal General Belgrano ex Midland, en su media lengua
italiano-castellana, a comienzos de su carrera:
-Ramírez:
nunca descuide su puesto.…