Luces
en la noche
Cecilia Zanelli
¿Vamos?
La
pregunta de Fabio la sorprendió. Su hermano había planificado una
noche diferente, para cortar la aburrida rutina que era habitual en
aquel paraje casi desértico.
Los
niños habían decidido llegar hasta las vías del tren, distantes a
unas cuadras de su casa, una vez que sus abuelos se durmieran.
El
pueblito (tal vez ni llegaba a ser eso) en el que vivían no era muy
divertido los días de semana para ellos. Casi adolescentes, vivían
desde pequeños con sus abuelos. El único entretenimiento era la
televisión, que se interrumpía indefectiblemente a las 12 de la
noche, cuando la repetidora del canal dejaba de funcionar. Los
abuelos cenaban y se iban a dormir temprano pero los niños tenían
demasiada energía para imitarlos.
Minutos
antes de la medianoche podían escuchar la sirena del tren de
pasajeros que cruzaba sin detenerse por ese lugar, atravesando con
rapidez el campo oscuro.
A
Fabio se le había ocurrido que podía asustar a algún pasajero
insomne. Desde el tren, sólo podía verse un paisaje oscuro. Las
luces del pueblo estaban lejos.
Salieron
silenciosamente de la casa y cruzaron el alambrado, cada uno con su
linterna. Fabio había asustado a algunos niños en las reuniones
familiares, colocándose una luz bajo el mentón. El resplandor, que
iluminaba la cara desde abajo, distorsionaba sus rasgos y causaba un
poco de sobresalto a quien era sorprendido por esa aparición.
¿Algún
desprevenido pasajero vería la cara de los niños al pasar? Era poco
probable, pero Fabio no se desanimaba fácilmente y con tal de hacer
algo distinto aquella noche, lo intentaría.
Mara
sintió un poco de temor al ver la roja luz del tren que se acercaba
rápidamente, emergiendo desde la lejana negrura de la noche.
De
todas formas hizo lo mismo que su hermano. Se ubicaron cerca de las
vías, donde podían ser divisados desde las ventanillas y prendieron
sus linternas.
El
tren pasó con indiferente velocidad frente a ellos. Fabio gritó,
pero Mara sabía que no podía ser oído. Había terminado el juego.
No fue tan apasionante como ella imaginaba pero valió la pena
intentarlo.
Decidieron
volver a casa, pero Fabio empezó a correr. Una broma que le hacía a
menudo, salvo que en esta circunstancia era de noche y no había
luna.
Mara
le gritó: no podía alcanzarlo. Él era mayor y más rápido.
El
pasto estaba alto y no se veía casi nada. Mara pensó en los
grillos, los sapos y las aves nocturnas y se estremeció.
Se
esforzó por correr más rápido. Una lejana luz mostraba la
dirección de la casa. Sorpresivamente, algo cubrió su boca y su
nariz.
Entre
el terror y la sorpresa, trató de liberarse, pero era tanta la
presión que se asfixiaba. Comenzó a desvanecerse.
“Me
muero”, pensó.
En
el tren viajaba una mujer que, aunque había jurado no volver más a
su pueblo, regresaba.
Los
trámites de la sucesión de la casa de sus padres exigían que
retorne a ese triste lugar, lejano en la distancia y el tiempo. Había
que tomar decisiones, firmar papeles.
“Sólo
usted puede”, le dijo el abogado por teléfono.
El
vagón estaba oscuro. Todos parecían estar durmiendo. Seguramente
ella sería la única que continuaba despierta. No tenía ni el
cansancio ni la tranquilidad necesaria para dormir.
Cada
tanto, una luz en el camino iluminaba el vidrio de su ventanilla y
podía ver su reflejo.
“¿Tanto
envejecí?”, se preguntaba. Tal vez fuese el cristal que cambiaba
sus rasgos o realmente el paso del tiempo le mostrara un rostro un
poco extraño, que no había advertido antes.
Sólo
había oscuridad afuera. Algunas luces lejanas anunciaban la
existencia de pequeños grupos de casas o poblados.
De
pronto un diminuto destello le llamó la atención. A medida que se
iba acercando, Laura intentó comprender qué era esa pequeña
luminosidad en medio del negro campo. Pronto estuvo cerca, cada vez
más y cuando pasó el tren junto a ella fue tan veloz que no pudo
distinguir bien de qué se trataba, pero advirtió a varias personas
jugando con luces. Algo la inquietó. No pudo ver bien las siluetas
ni sus caras. Tal vez estaban casualmente en ese lugar, pero no se
sintió tranquila.
El
tren siguió, imperturbable, atravesando la noche.
Laura
sentía que habían pasado horas desde que había subido a él. El
viaje era más largo de lo calculado.
Dormitó
unos minutos y despertó. ¿Adónde estaría? Su celular se había
apagado hacía rato y eso la alarmó. ¿Cuánto hacía que estaba
viajando? Todos dormían… No se atrevió a despertar a nadie para
preguntarle.
De
pronto, y para su alivio, el tren comenzó a disminuir la velocidad.
Estaban llegando a alguna estación. Increíblemente, no había luces
cercanas y cuando al fin la máquina paró, no pudo ver el nombre del
sitio. En el oscuro andén, sólo estaba sentada una niña con una
linterna en la mano, y esa era la única luz existente.
Laura
decidió bajar y acercarse a ella.
“¿Dónde
estamos?”, le preguntó.
La
niña la miró con ojos abatidos. “No lo sé. Yo sólo estoy
esperando un tren que me lleve de vuelta a casa”.
La
sirena de la locomotora las aturdió. Su tren se iba. Laura sintió
un gran desasosiego.
¿Cómo
podía estar sola una niña en ese lugar? Entre tanta oscuridad, con
tantos peligros…
Una
dolorosa visión inundó su mente.
Si
alguien la hubiese acompañado aquella noche, en el paraje Los
Eucaliptus…
Si
su padre no se hubiese quedado bebiendo con sus amigos…
Si
hubiese podido gritar…
Ya
no importaba la condena ni el castigo a quien cometió el delito.
Ella lo único que quería era olvidar, sacar esas escenas de su
memoria.
Pero
¿Se pueden eliminar los recuerdos dolorosos? ¿Alguien puede
borrarlos?
“Sólo
usted puede” había dicho el abogado.
Se
sentó junto a la niña y le tomó la mano, sin saber lo que hacía,
impulsada solamente por una fuerza interna, eterna, la de su corazón.
A
lo lejos se veía la luz blanca de un nuevo tren que se acercaba.
Mara
se despertó. Todavía era de noche y el rocío había mojado su ropa
y su piel. Fabio se las pagaría. Le iba a contar todo a los abuelos.
Esas bromas no se hacen. Fue dando zancadas hasta la pequeña casa y,
furiosa, entró.
“¡Fabio!”
llamó sin alzar demasiado la voz. “¡Salí, idiota!”
La
puerta del dormitorio se abrió despacio y la cara de Fabio expresó
asombro y culpa: “¡Mara!” gritó.
Desde
el otro dormitorio salió el abuelo y comenzó a llorar.
“¡Fue
su culpa!, se defendió Mara “Él me dejó sola, junto a las vías
del tren”.
Fabio
se acercó a ella y agarrándole las manos, le dijo despacio: “Eso
fue hace tres años, Mara”.
Laura
despertó justo cuando llegaba a su destino. Se bajó del tren
despacio. El pueblo no había cambiado mucho. Algunas calles
asfaltadas, algunas casas más. Nada sorprendente. Caminó unas
cuadras hasta la oficina del abogado.
Lo
atendió su secretaria. No esperaba a nadie, le dijo.
Laura
se sentía desconcertada. ¡Él la había citado allí! Cuando le
dijo su nombre, la secretaria la miró asombrada.
“Él
la citó aquí, pero hace tres años!”, le respondió. Como ella no
se había presentado, todos los trámites quedaron suspendidos.
Laura
estaba confundida.
“Bueno,
aquí estoy”, pensó. “Tal vez sea un error, pero
estoy aquí y puedo terminar con todo esto”.
Mientras
esperaba al abogado, se asomó a la ventana y, tranquila, se preguntó
por qué no había regresado antes a su querido pueblo.