lunes, 28 de septiembre de 2026

Estación Carlos Beguerie

Estación Carlos Beguerie

Mónica Russomanno

Es imposible acercarse a la temática de los trenes sin adentrarse en la zona de niebla, en ese polvo que nunca termina de asentarse, como en los altillos habitados por fantasmas, o recuerdos, que no es lo mismo pero funcionan con los mismos engranajes de dientes desparejos.

Es un territorio de tristeza y añoranza. Pende alguna campana de bronce, una señal de hierro ya no anuncia el paso de ninguna formación, se han detenido los relojes de esferas blancas. Es un lugar donde todo el año es otoño, donde el pasado fue mejor, donde el futuro sólo es un rizo de pelo castaño que seguirá enmoheciéndose en un relicario.

Fue otro el momento de desafiar a los ingleses, de armar un entramado de vías que sacaran las ciruelas, la leche, los duraznos. Se quejaban entonces del suelo inundable, pero allá iban los trabajadores golondrina cargados de hijos, allá crecían escuelas, y el país se iba construyendo saludable y joven.

Después fueron las clausuras, un breve resucitar y la muerte definitiva. Pero antes de eso, en la época de gloria, hubo un hombre de gorra, alpargatas y ojos transparentes que llegó a Carlos Beguerie y se afincó cerca de la estación. Amaba los trenes y alquiló una pieza desde donde le llegasen los ruidos de vías y silbatos.

El hombre era italiano, tenía cabello de bronce y era joven. No había llegado a hacerse la América; apenas quería lograr una casita donde volver por las noches, con dos o tres hijos y una señora de manos olorosas a cebolla. Pietro vio que en el pueblo las casas eran de ladrillos, y puesto a trabajar se ofreció de albañil. Venía de viejos pueblos con torres de piedra, nada sabía de plomadas ni de fratachos, por lo que después de varios fracasos nadie volvió a llamarlo.

Puesto a observar, vio Pietro que la gente comía queso, por lo que compró leche y se puso a fabricar queso como en la casa de su padre. Más o menos algo hizo, pero era muy caro, y la gente de Beguerie hacía excelentes quesos criollos a menor precio, ya que tenían sus propias vacas.

En fin, que Pietro con su ilusión intacta emprendía, uno tras otro, trabajos que lo dejaban con menos ahorros. Se preguntaba por qué no le daba resultado hacer lo que otros habían hecho, sin darse cuenta de que ese era el problema. Insistía el pobre con voluntad y falta de juicio, rodeado por una nube de pajaritos que revoloteaban alrededor de su cabeza soñadora.

Fue por entonces, en 1961, que cerraron el ferrocarril, y todos los que antes prosperaban fueron levantando familia y posesiones para buscar otros horizontes. Pietro se quedó, ya en la indigencia, realizando trabajos humildes como peón en los campos aledaños. Recuerdo que alguna vez durmió sobre trapos en el andén abandonado, y entre sueños seguía pensando en inventar todas las cosas que ya estaban inventadas. Afiebrado, en una ocasión trataba de convencer a un paraguayo de las bondades de una caña hueca con agujeritos para tomar una infusión caliente a base de yerba mate, y otra vez se preocupó en apalabrar a un tendero para que se asociara a fin de confeccionar prendas de tela o lana con un agujero en el medio. El tendero le seguía la corriente, y le sugirió llamar a ese abrigo con un mote pintoresco, quizás decirle poncho.

A Pietro finalmente le salió novia y familia, porque esas cosas se daban, y a pesar de todo tuvo su casita y sus guisos con cebolla, pese a sus fallidos intentos de inventar lo que ya existe. Era 1961 cuando cerró el ferrocarril, cuando Pietro pudo salir adelante con sus ojos alelados y la torpeza sobre sus hombros. Era temprano, todavía estábamos en la mañana de nuestra historia. Todavía la estación tenía los archivos con sus fichas y los tinteros con su tinta olorosa, aun se sentía la posibilidad de una resurrección. Todavía no habían levantado las vías y los futuros de los Pietros no se habían hecho inviables.

Hoy la estación, encharcada en su territorio sin trenes, está muerta. Hoy a los hombres sin cobijo difícilmente les brota una familia. Los pajaritos trinan en los árboles, indiferentes.

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