Extraños en un tren
Me encogí de hombros y subí al tren. ¿Qué podía perder?
Un par de días antes había visto un aviso en un diario, mientras buscaba sin esperanza una oferta de trabajo. Me llamó la atención porque yo había oído antes ese nombre, aunque no conseguí recordar en qué circunstancias.
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VENGA A CARLOS BEGUERIE.
LO QUE SIEMPRE HA DESEADO.
¡NO SE ARREPENTIRÁ!
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Como es natural, al principio me pareció el típico mensaje para captar tontos, pero mi situación era tan desesperada que decidí probar. Indagué cómo llegar al sitio. La mejor opción (la única opción) era tomar el tren provincial. Y rezar porque el revisor no me atrapara sin billete.
Recorrí todos los vagones hasta encontrar un sitio lo bastante discreto para acomodarme. Tomé asiento y cerré los ojos. Noté que aquello se ponía en marcha. Suspiré, un tanto aliviado. Pensando oscuramente en la extraña mezcla de pasajeros, efímeros compañeros de viaje de los que nada sabemos y a quienes muy probablemente no volveremos a ver jamás, me adormilé.
Al despertar, distinguí una sombra en el asiento frente al mío. Maldije en silencio. No me apetecía tener compañía. Al ver que abría los ojos, el tipo (era un hombre de unos cuarenta y cinco a cincuenta años, elegantemente vestido, con gafas y un sombrero – ¡pero ya nadie lleva sombrero! pensé.-) se dirigió a mí:
Señor, eh, señor.
¿Habla conmigo? – pregunté.
Sí. Con usted. Espero no molestarle.
Guardé silencio y le miré sin amabilidad alguna.
No quiero incomodarle. Es solo…
Diga, diga – rezongué.
Verá. Es que me pareció… que es usted… bueno… ¡como yo!
¿Cómo usted? Creo que no lo comprendo.
Quiero decir… Extranjero.
¿Y qué le hace pensar eso?
No sé… Su aspecto… No parece de aquí, eso es todo. Si me he equivocado, le ruego me disculpe. Buscaré otro asiento.
Por alguna razón, la timidez del tipo me indujo a mostrarme cortés.
No será necesario. No me incomoda. Se lo aseguro.
Así pues – insistió tras un breve silencio - ¿Estoy en lo cierto?
¿Respecto a mis orígenes? Sí. Está en lo cierto. No soy de aquí.
¿De España, tal vez?
Español, sí. ¿Y usted?
También. Solo que ya llevo aquí unos veinte años, mientras que usted… no se moleste… se le nota que lleva poco tiempo entre nosotros.
Acierta de nuevo. Estoy aquí desde hace unos pocos meses. Vine por una mujer. Tuvimos una intensa historia allá en mi tierra y creí que eso duraría siempre. Me equivocaba, claro. Cuando llegué, ella ya se había casado con otro y se confesaba muy feliz. Pero yo había gastado todo mi dinero en el viaje y ahora no tenía forma de regresar.- no supe porqué le contaba todo esto. Era un perfecto desconocido. Tal vez incluso una mala persona. Uno nunca sabe.
Le comprendo. Aunque mi caso es muy distinto. Yo vine aquí en busca de trabajo. Y lo encontré. ¡Sí, señor! Durante muchos años he trabajado en la compañía ferroviaria. Y cuando lo dejé, ya me había enamorado de estas tierras y ni siquiera me planteé la posibilidad de ir a cualquier otra parte. Pero déjeme que le diga una cosa: Estoy muy contento de hallar un compatriota.
Ya. Pero esto es un tren. Llegados a destino, cada uno emprenderá su camino y lo más probable es que…
Bueno. Pero aún falta para eso. ¿Puedo ser sincero con usted?
Puede.
En realidad… Ahora que ya nos conocemos… Me gustaría…
¿Qué? – mi mano derecha parecía aletear dentro del bolsillo de la gabardina.
Quisiera… ¡cómo decirlo!... hacerle… bueno… una propuesta…
¿Una propuesta? ¡Hum! ¿Qué tipo de propuesta?
Esto… Se trata de un asunto delicado… No sé si debo…
¡Maldita sea! ¡Hable de una vez!
Usted parece una buena persona… No tendría que haber…
¿No pretenderá…? –dije, medio en broma, recordando la novela de Patricia Highsmith, cuya adaptación al cine había visto recientemente. - No pretenderá que yo… mate a su mujer. ¿Verdad?
No. No. Nada de eso. No soy casado. Pero precisamente… hay una mujer en medio de este asunto. Sin embargo, no pretendo que le haga nada. Más bien…
Sea claro.
Sí. Será lo mejor. Verá… he llegado a un punto de mi vida… es difícil de admitir, pero… No sé muy bien cómo explicarlo… la cuestión es que no soy feliz.
¿Y quién lo es?
Yo lo fui. Cuando llegué a este país, encontré un buen trabajo, conocí a la mujer de mi vida y durante muchos años fui moderadamente feliz. No necesitaba nada más y me entregué a partes iguales al trabajo y al amor. Sin embargo…
Es natural. Todo se termina antes o después.
Sí, sí. Eso fue lo que sucedió. Y de la forma más cruel. Una enfermedad me arrebató a mi mujer de forma súbita. Caí en un abismo de autocompasión y de la noche a la mañana abandoné mi trabajo. He intentado seguir adelante, pero no me es posible. No hay un solo aliciente que me empuje a continuar. ¿Me comprende?
Sí. Creo que sí. A veces la vida es muy dura.
Por eso yo quería proponerle… Es un asunto feo… No sé si…
Hable, hable, no se retraiga.
Me he fijado que sus ropas están raídas y bueno… No se ofenda, pero va usted bastante sucio.
Lo sé. Ya le dije que estoy sin plata. Comiendo cuando consigo algo mediante algún trabajo puntual y durmiendo al raso la mayor parte de los días. En el último mes apenas me he duchado una vez. Solo puedo lavarme la cara en las fuentes públicas. Es terrible.
Puedo imaginarlo. Bien. La pregunta es: ¿Le gustaría ganar algo de dinero?
Claro. ¿Qué hay que hacer?
Solo tiene que matarme.- dijo, muy lentamente y bajando la voz.
Le miré, incrédulo. Él mantuvo la mirada. No estaba seguro de haber oído bien. Tardé un poco en reaccionar. Hubo un incómodo silencio entre nosotros. Por un momento, volvimos a ser dos extraños, si es que en algún momento habíamos dejado de serlo.
Verá. Lo he intentado – me dijo – pero me falta valor para suicidarme. En el momento definitivo, soy incapaz. Físicamente incapaz.
¿Es usted consciente de lo que me pide?
No del todo… No imagino estar en su lugar. No sé qué haría yo en esta situación. Pero le ruego atienda a mi petición. Todo el dinero y los objetos que llevo encima serán suyos. Eso le permitirá mantenerse un tiempo y quién sabe… tal vez tener un futuro. En cambio, para mí no hay futuro. Solo deseo la paz de la inexistencia.
No contesto. Solo le contemplo con más atención. Sí. Es cierto que sus ropas y sus modales delatan a una persona de cierta posición, pero sus ojos, el rictus de su boca, su expresión corporal… Es la viva imagen de la infelicidad. Por otra parte… No estoy seguro de cómo me afectaría seguir sus deseos. Siempre fui incapaz de causar daño a los demás. Si hasta miro al suelo constantemente para no pisar las filas de hormigas que surcan los caminos de esta tierra.
En eso, el tren reduce la velocidad. Miro por la ventanilla. Hemos llegado a Carlos Beguerie. Nos miramos. Él se levanta de su asiento y yo le imito. Suspiro y echo a andar tras él. Bajamos.

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